Daniel Ferminades en Lima, Perú (2016)

Hacemos de conocimiento de nuestra distinguida audiencia que Daniel Ferminades (Argentina), Maestro Espiritual con la FUNDACIÓN IMPULSO DE UNA NUEVA VIDA, se encuentra al corriente en gira internacional, y estará en el Perú en el mes de junio compartiendo sus vivencias y reflexiones inspiradas en el cultivo de la COMPRENSIÓN AMOROSA, en el ciclo: “VERDADES DEVELADAS DESDE LA CONCIENCIA”, y  lo tendremos en URANIA SCENIA (Cercado de Lima) en la fecha y hora que se indica.

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Daniel también se presentará en HANA-SALUD Y BIENESTAR (distrito de Miraflores).

Ambos eventos son únicos, no repetitivos, porque responden a las inquietudes y motivaciones concretas expresadas por los asistentes, en un lenguaje claro, simple y directo; espiritualmente edificante y psicológicamente transformador. DOS eventos que harán mucho por realzar el “bien-ser” y optimizar el “bien-estar” en la calidad de nuestras relaciones interpersonales. ¡Quedan Cordialmente Invitados! Entrada Libre y Gratuita.

¡Los esperamos!

Atentamente:

Sus amigos de URANIA SCENIA

Nota 1:

Auditorio URANIA SCENIA: Se ruega confirmar su participación al correo eventos@scenia.org o por medio del siguiente formulario (Indicar su nombre y apellidos. En ASUNTO, colocar: Conferencia de Daniel Ferminades y ya estará inscrito). Ello nos ayudará en la administración del espacio y recursos. ¡Gracias!:

 

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Datos para la ubicación: La calle Santa Rosalía forma parte de la Urb. Santa Emma, del Cercado de Lima. Se halla a la altura de las cdras 20/21 de la Av. Mariano H. Cornejo, que es paralela a la Av. Bolívar.

De cómo un chico se libró del amante de su madre (cuento tibetano)

Érase una vez un padre

Érase una vez una madre.

Érase una vez un hijo.

Era una familia que se componía del padre, la madre y el hijo.

Un día el padre emprendió un viaje de comercio.

Mientras el padre estaba ausente, la madre se buscó otro hombre, un amante.

El hijo lo sabía.

Una noche, cuando el hijo dormía como siempre con su madre en una cama, vino el otro hombre. También a  él lo acogió la madre en su lecho. Bajo una manta dormían tres personas en una misma cama.

Una noche, mientras yacían los tres juntos, dijo el hijo: “¡Ama!”

“Ah…” —dijo la madre.

“¡Qué raro!  Tú y yo, nosotros dos, tenemos seis rodillas. ¿No es extraño?”

Así dio a entender el hijo de forma indirecta que sabía lo que estaba pasando.

La madre le dijo a su amante: “¡Mi hijo sabe lo que pasa! ¡Se lo contará a su padre! ¡Será mejor que le mates mañana! ¡Mañana enviaré al chico a la montaña y allí tú le matarás!”.

“Bien” —dijo el hombre.

“Sí” —continuó diciendo la madre—, “es mejor así. Si no, se lo contará a su padre y éste te matará. ¡Por eso, mata tú mañana a mi hijo!”

“Bien” —dijo el hombre.

A la mañana siguiente, la madre preparó unas tripas e hizo con ellas unas salchichas. Le dio dos al chico y le dijo: “¡Cógelas y sube a la montaña! ¡Haz una hoguera y asa las salchichas! ¡Pásatelo bien! ¡Ve a la montaña y pásatelo bien!”.

El muchacho fue a la montaña. Mientras mataba el tiempo pensó para sí: “¿Por qué no viene? Mi madre le ha dicho: ¡Mátale!”

El hombre no se hizo esperar mucho tiempo. “Eh, muchacho. ¿Qué haces aquí?” —preguntó.

“Oh” —dijo el muchacho— “estoy comiendo tripas”.

“¿De quién son las tripas?” —quiso saber el hombre.

“Son tripas de persona, tripas de hombre” —respondió el muchacho.

“¿Tripas de persona, de hombre? ¿De dónde las has sacado?”

Entonces contó el muchacho: “¿Sabes? Mi madre lo hace así: vuelve locos a los hombres hasta que éstos se enamoran. Entonces les saca los intestinos y los mata, y con sus intestinos hace estas salchichas. ¿Ves? Esta tripa está llena de intestinos”.

“Hasta que los hombres no están realmente enamorados” —siguió explicando el muchacho—“no les saca el intestino. Pero les vuelve locos durante mucho tiempo, hasta que se enamoran. Entonces los lleva a la cama, los lleva muchas, muchas noches a su cama. Y entonces, un día, cuando yacen juntos amorosamente, les arranca las tripas…

“Después, en algún momento, me da estas salchichas. Están muy ricas. ¡Toma! Si quieres probar ¡come!”

El muchacho dijo para sí: “¡Qué madre tan horrible tengo…!”

Exagerando aún más la cosa, añadió: “Se dice que mi madre es una diablesa”.

El hombre pensó: “Es verdaderamente una madre horrible. Será mejor que no vaya más a verla. No tiene sentido matar al muchacho”. Dejó vivir al muchacho.

Al atardecer, la madre vio al muchacho bajar la montaña.

“Le dije: “¡Mata al niño!”. No le ha matado, le ha enviado de vuelta a casa. ¿O acaso ni siquiera ha ido?” La madre se preocupó.

Le preguntó al muchacho: “Hijo, ¿te has encontrado hoy a alguien en la montaña?”

“Oh, madre, había un hombre extraño. El hombre tenía trenzas en el ano… ¡es muy raro!”

“¿Qué dices?”

“Madre, tenía trenzas en el ano. Pero no sólo eso, estaban adornadas con ónix y corales. Madre, de verdad, tenía trenzas en el ano”.

“¿Cómo es posible?” —pensó la madre.

“¿Qué aspecto tenía el hombre?” —quería saber.

El muchacho describió al hombre.

“Según su descripción podría haber sido él” —pensó la madre—. “Pero evidentemente no ha reconocido a mi amante”.

El hombre volvió por la noche puesto que había cambiado de parecer.

“¡No has matado al muchacho! ¿Por qué no lo has hecho?” —quiso saber la madre.

“Oh” —respondió el hombre— “busqué al niño una y otra vez, pero no lo encontré”

Puesto que el muchacho había dicho que la madre destripaba a sus amantes, no quería decir la verdad.

Había vuelto porque quería descubrir si el muchacho le había mentido o no.

“Si me quiere arrancar el intestino, la mataré” —pensó—. “¡Tendré cuidado!”

Por la noche durmió con la madre.

La madre pensó: “El muchacho dijo que el hombre tenía trenzas en el ano. Que se había hecho trenzas, y que en ellas había escondido ónix y corales…!” Lentamente la madre fue palpando y cogió al hombre por el ano.

“¡Ladrona, ladrona de tripas, ya me cuidaré de que no consigas las mías!” —gritó el hombre, se levantó de un salto y salió corriendo.

A partir de ese día no volvió a atreverse a visitar a la madre del muchacho.

Así se libró el muchacho del amante de su madre.

Era un muchacho listo.

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FUENTE: “Cuentos eróticos y mágicos de mujeres nómadas tibetanas”.

Relatora: Djangden, joven nómada oriunda de Nangchen (provincia de Qinghai).

Edición a cargo de Margret Causemann.

Editorial Paidós, 1996, r. 1998.

Pp. 127-30.

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EL CHICO DE MARTE (Por Angela C. Ionescu)

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 —No creí que los marcianos fueran como tú —dijo el chico terrestre—. La verdad es que ni siquiera creí que hubiera marcianos.

—¡Qué tontería! —contestó el chico de Marte—. ¿Cómo no vas a creer que hay marcianos? Siempre los ha habido.

—Yo no lo sabía.

—¡Oh! —dijo el chico marciano, haciendo una mueca— ¡Qué ignorancia!

Dio un mordisco al melón que tenía en la mano (en Marte los melones son pequeños como peras y no tienen cáscara dura) y estuvo un rato observando al chico terrestre.

—¿Cómo creías que eran los marcianos? —preguntó al fin.

—No sé, de otra manera. Creí que eran verdes.

—¿Verdes? —preguntó el marciano con los ojos brillantes—. ¿Quieres que me ponga de color verde?

El terrestre dijo que sí. Entonces el chico marciano se puso de color verde. La cara, las manos, los brazos, los pies, todo él era verde. El chico terrestre le tocó con un dedo y luego se lo miró. Pero no, su dedo no estaba verde. No era pintura.

—¿Cómo lo has hecho? —preguntó.

—Es muy fácil… ¿Quieres que me ponga de color azul?
Y antes de que el otro le contestara se puso de color azul. Y luego rojo, y luego amarillo.
El terrestre estaba encantado. Sonreía anchamente y miraba al marciano como al juguete más maravilloso que hubiera visto en toda su vida.

—¡Ahora sí que pareces un verdadero marciano! —dijo.

—¿Quieres que me ponga de más colores? —preguntó el otro chico, muy orgulloso de su poder.
—Sí.

Empezó a ponerse de montón de colores. Eran colores que no habéis visto nunca porque no existen aquí, en la Tierra. No se parecían ni al rojo, ni al verde, ni al amarillo, ni al blanco, ni al negro. Ni a ningún otro color que se os ocurra. Eran otros colores.

En ese momento se les acercó una mujer marciana, que cogió al chico marciano por una oreja y, zarandeándole, empezó a gritarle:

—¡Otra vez poniéndote de colores! ¡Te he dicho que no te pongas de colores! ¡Siempre tengo que estar detrás de ti mirando lo que haces! No te puedo dejar solo ni un momento. Verás ahora, cuando lleguemos a casa. Vas a quedarte sin postre. ¡Vamos!

El chico marciano se encogió de hombros, hizo una mueca, sacó la lengua y echó a andar detrás de la mujer.

El terrestre se metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó dos hermosas manzanas que había traído de la Tierra. Corrió detrás del marciano y se las dio:

—Para postre —dijo—. Son muy buenas. Aquí no las hay. Se llaman manzanas. Man-za-nas.

—Gracias —dijo el chico marciano—. Muchas gracias. No me gusta nada quedarme sin postre.

—Ven a buscarme esta tarde a nuestra nave espacial —dijo el chico de la Tierra—. Te enseñaré como ando con las manos, cabeza abajo.

—¿De veras? —preguntó el marciano—. ¿Con las manos? ¿Cabeza abajo? ¿De veras hacéis eso en la Tierra?

—¡Vamos! —gritó la mujer marciana—. Vamos o te quedas sin postre para una semana.

El chico de Marte se alejó saltando. El de la Tierra se quedó mirándole y le dijo moviendo pensativamente la cabeza:

—No creí que en Marte pasaran estas cosas. Todo es igual en todas partes. Le tiran a uno las orejas y le amenazan con dejarle sin postre. ¡Uf!

Angela C. Ionescu (rumana)
“Detrás de las nubes”

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PLATÓN HABLA AL HOMBRE MODERNO (Por Max Eastman)

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Hace más de veinticinco siglos, el gran filósofo griego
formuló ideas que todavía conservan todo su valor.

Cuando se menciona a Platón, muchas personas asumen una expresión entre solemne y piadosa, como si se hablara de un santo. Pero el gran filósofo griego no fue un santo, sino un soldado valeroso, un atleta que ganó trofeos en los estadios, un fino poeta, un entendido en caballos de carreras y un gran aficionado al teatro cómico popular. Vivió hasta los 81 años y la muerte lo sorprendió en un banquete de bodas, lleno de gusto por la vida y de amena conversación hasta el último suspiro.

Es preciso recordar esto si se quiere llegar a un juicio exacto de la aplicación que sus enseñanzas tienen en nuestra época, y además pensar que ésta tiene muchas semejanzas con las de Platón. Floreció éste en Atenas durante la primera mitad del siglo IV antes de Jesucristo, cuando la humanidad estaba cansada de guerras, desilusionada de revoluciones, sentía escepticismo por las antiguas formas de fe y buscaba con ansia una clave al verdadero sentido de la vida. Se propuso encontrarla para sus contemporáneos y se entregó a la tarea con la misma sinceridad que los profetas hebreos, aunque no podía apoyar sus afirmaciones en la autoridad divina. Los dioses helénicos eran seres bellos y encantadores, pero bastante egoístas y pendencieros, y jamás soñaron en dictar Decálogo alguno. El pensamiento de Platón había madurado tanto que ya no creía en ellos y hasta se orientaba por la ruta de la creencia en un Dios único. Con todo, no consideraba que el ente así concebido tuviera autoridad sobre el comportamiento humano, así que hubo de buscar en este mundo tanto las normas morales como las razones que movieran a los hombres a respetarlas.

No habría logrado su finalidad de no haber conocido a Sócrates, el profeta de la lógica, el precursor del recto razonamiento. Tenía Platón veinte años y comenzaba a gozar ya de prestigio como poeta, cuando se encontró con Sócrates, y este hombre, de una fealdad tan singular como sus dotes de simpatía, que era un aguijón para la sociedad con su prédica en favor del imperio de la razón, absorbió su vida entera. Después de haber mantenido con él unas cuantas conversaciones sobre la importancia de pensar en el verdadero valor de las cosas y comprender con claridad el sentido de las palabras antes de usarlas, Platón volvió a su casa y destruyó todos los poemas que había escrito. Tal vez procedió con sabiduría, pues la musicalidad poética de su prosa es, según el poeta inglés Shelley, “la más intensa que se haya imaginado”.

Platón acompañó a Sócrates como discípulo y como amigo hasta la muerte de éste. No era precisamente un alumno, pues a Sócrates no se le ocurrió jamás recibir dinero por enseñar la primacía de la razón, pero sí uno de los jóvenes que asistían con más regularidad a las reuniones, muy semejantes a nuestros seminarios de universidad, que se celebraban en un gimnasio, en el pórtico de un templo o en la casa de algún amigo, para discutir el significado de ciertas ideas fundamentales. La amistad de Sócrates representó tanto para Platón que llevó a aquel espiritualmente consigo toda su vida y conservó sus pensamientos casi íntegros en la forma de diálogos o conversaciones en que la figura de Sócrates desempeña el papel principal.

Sócrates había abordado el problema de lo que ha de entenderse por “virtud”, y al hacerlo comenzó por preguntarse la razón de que un hombre debiera ser virtuoso. La conclusión a que llegó fue que la virtud no es otra cosa que una conducta adoptada por medio del conocimiento y de cuidadoso razonamiento. Para él, si el hombre que ha de elegir entre dos o más caminos sabe bien todo lo que ha de saberse sobre la elección, optará por el camino acertado. No hace falta creer esto para apreciar su importancia. Por primera vez esta enseñanza de Sócrates concedía a la mente humana la más alta autoridad en cuestiones morales y tal concepto constituyó por sí solo una revolución sin paralelo en la historia.

Platón hizo fructificar esa idea y afirmó que no sólo es lo mismo obrar razonablemente que obrar bien, sino que el hombre virtuoso es el que se guía por la razón. En su época no se había creado la sicología, así que Platón inventó una, tan sólida, dicho sea de paso, que ha conservado su influencia durante dos milenios. Sostenía que nuestra vida consciente se divide en tres partes: una sensual, con sus apetitos y pasiones; otra activa, que puede llamarse voluntad o “espíritu”; y la tercera pensante, que llamó “razón”.

Puesto que la razón es lo que distingue al hombre del mono y demás animales, resulta evidente que ocupa el lugar superior entre esas tres partes y que su función es dirigir y gobernar a las otras. La función del “espíritu” es hacer cumplir los dictados de la razón. Los apetitos y las posesiones [sic] deben obedecer. Cuando cada parte desempeña el papel que le corresponde, el resultado es la virtud. Cuando se altera ese orden natural, el resultado es el vicio. En esta forma sencilla, Platón reafirmó en una época de cinismo el valor primordial de la conducta virtuosa.

Nosotros llamamos “inteligencia” a lo que Platón llamaba “razón”, pues hemos comprendido que el conocimiento no se adquiere mediante el mero razonamiento abstracto y que es preciso examinar los hechos. Sin embargo, la idea fundamental de Platón, de que la esencia de la moralidad consiste en una vida completa y armoniosa bajo el gobierno de la inteligencia, no perderá jamás su vigencia.

En realidad, Platón conserva tal actualidad que al leerlo se tiene a veces la impresión de que va a entrar de un momento a otro en la habitación donde estamos. Habla de astronomía matemática y de física como si ya existieran esas ciencias en su tiempo. Explica los sueños y, empleando casi el mismo lenguaje de Freud, nos muestra cómo, al aflojar la razón su dominio durante el sueño, “la bestia salvaje que esconde nuestra naturaleza se despierta y se pone a marchar desnuda”. Da enseñanzas sobre la división del trabajo y sus causas como un moderno profesor de economía política. Él fue quien inventó o propuso la distinción entre la enseñanza media y la superior, la necesidad de la especialización en la ciencia y la aplicación de los métodos científicos a las cuestiones sociales.

Por primera vez, hasta donde hay constancia, se ocupó en la sicología de la risa, de la acústica, de la limitación de los ingresos (sostenía que ninguna familia debía poseer más del cuádruple que cualquier otra) y hasta puede decirse que inventó las guarderías infantiles y la pedagogía progresista:

“Los ejercicios corporales no resultan nocivos aunque sean impuestos obligatoriamente —dijo— pero los conocimientos inculcados a la fuerza no arraigan en la mente. Por tanto, no se deben emplear medios compulsivos para enseñar, sino educar desde temprana edad por métodos entretenidos y agradables”.

Además de la agudeza de visión y el sentido práctico que revelan estas ideas, Platón poseía una tendencia mística. Quería liberarse de las cosas movedizas y fugaces, de la existencia misma de esos problemas cambiantes a los que hallara desde mucho antes soluciones racionales. Quería que hubiese una religión y como ninguna le satisfacía entre las de su pueblo y su época, la inventó. Naturalmente, ésta surgió del fervor que le contagiara Sócrates por las relaciones lógicas entre las ideas. Declaró que esas ideas, que encontramos tan magníficas, constituyen verdaderas realidades, y que las cosas que vemos y tocamos no son más que sombras. Hasta llegó a sostener que debe amarse más la idea de la belleza que a una persona bella, y tal es el sentido exacto del denominado “amor platónico”. Hemos de agregar que el propio Platón tenía suficiente cordura para censurar los extremos a que podía llevar su creencia en la realidad superior de las ideas. “Hasta los enamorados de las ideas —observó irónicamente— pueden sufrir una especie de locura”.

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La República (libro)

Debemos tener esto presente cuando analizamos otra de sus famosas y desconcertantes teorías, que figura en su importante diálogo La República y se refiere a la forma acertada de organizar el Estado. Su fascinación por la lógica le hace pensar que, así como el hombre virtuoso se rige estrictamente por la inteligencia, el Estado virtuoso debe ser regido no menos estrictamente por una minoría inteligente.

Propone clasificar a los ciudadanos de acuerdo con sus dotes y poner en manos de un núcleo seleccionado de hombres virtuosos la autoridad y la fuerza armada necesarias para mantener a aquéllos en su lugar. Estos superhombres virtuosos, verdaderos filósofos en todo el sentido de la palabra, a quienes llama “guardianes”, no tendrían bienes privados ni afectos personales. Sus esposas e hijos así como sus bienes, serían comunes entre todos ellos; sus relaciones sexuales deberían ajustarse a intervalos fijos y a principios eugenésicos, tal cual se hace en la cría de animales finos; todos los niños nacidos en la misma temporada deberían llamar papá y mamá a todos los padres, y hermano y hermana a los demás niños. Para mayor seguridad, serían trasladados a escuelas del Estado inmediatamente de destetados y por tanto nadie podría saber cuál era su verdadero hijo.

Al propio tiempo, esta aristocracia o clase gobernante se mantendría en excelente estado físico merced a los ejercicios y una dieta especial, y en buena condición mental por medio del estudio constante de la lógica, las matemáticas y la metafísica.

Platón no propone este sistema para el Estado en su totalidad. Lo considera una forma de vida reservada a la casta superior, a fin de que en efecto tenga esa superioridad intelectual y moral. Nuestra reacción ante tal sistema será probablemente la de decir: “Si es necesario todo esto para lograr una verdadera aristocracia, sigamos con la democracia, por complicada que sea”. Pero ya no vivimos en el amanecer de la lógica, y carecemos de la determinación con que Platón perseguía hasta el fin una idea; o tal vez se nos escape el irónico humor con que llegó a esa conclusión.

Tratando de poner en práctica sus teorías, se embarcó en una de las empresas más quiméricas de la historia. Tenía ya 60 años cuando se le pidió que enseñara a Dionisio el Joven, el nuevo tirano de Siracusa, a establecer allí la república ideal. Se consagró a la tarea con grandes esperanzas, pero desdichadamente con una preocupación excesiva por el detalle. Dispuso que la instrucción del rey-filósofo comenzara por la geometría, pues ésta le enseñaría el arte del recto raciocinio, sin el cual se pierde el tiempo al abordar los problemas de las reformas políticas, que son mucho más intrincados. Y así comenzó: no solamente Dionisio, sino toda la corte, tomó con entusiasmo la novedad y el palacio cobró pronto un aspecto polvoriento y sucio, debido a la arena que se desparramaba por los pisos de mármol para trazar en ella líneas y diagramas.

Dionisio simpatizaba con Platón y gustaba de todo lo que fuera movimiento y reforma, pero en cambio sentía fastidio por la geometría. Los adversarios de las ideas platónicas no tardaron en hallar otro filósofo capaz de demostrar que la tiranía era la mejor forma de gobierno, lo cual permitía prescindir de las difíciles matemáticas. Llegó por fin un momento en que Platón tuvo que huir por la noche del palacio y ocultarse en un barco que lo llevó a Atenas por una ruta de navegación poco frecuentada.

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La Academia de Platón
(Carl Johan Wahlbom, 1879)

Eso sí, de regreso en su patria no permaneció de brazos cruzados, pues ya había iniciado otra empresa, consistente en una escuela que fue la más famosa del mundo antiguo y, en realidad, de toda la historia. Se daban las clases en un gimnasio situado más o menos a un kilómetro y medio al noroeste de Atenas. La ciudad tenía tres de esos enormes establecimientos que eran mitad pabellones, mitad parques, cada uno con cancha de pelota, palestra de lucha, sala de masaje, baños de vapor y de agua caliente y fría, vestuarios y campo de atletismo. Además, poseía un jardín con senderos para que los maestros dieran las lecciones a sus discípulos o conversaran con ellos mientras paseaban, así como frescas galerías con bancos en glorietas para quienes preferían estudiar sentados.

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 La Academia de Atenas
(Rafael Sanzio, 1509-12)

El gimnasio que Platón escogió para sus clases se llamaba “Academia” por estar construido en el jardín de Academo y es probable que sus clases no se desarrollaran en forma mucho más estricta que aquellos diálogos con Sócrates en los que el propio Platón iniciara su aprendizaje de las ideas. No había que pagar derechos de enseñanza ni seguir un curso de estudios determinado y es muy posible que las lecciones resultaran muy divertidas. Parece en verdad dudoso que haya existido algo menos “académico” en materia de educación. el caso es que la escuela fundada por Platón le sobrevivió cerca de mil años, y dio a todos los idiomas europeos las palabras academia y académico.

Cierto es que en las enseñanzas de Platón falta algo esencial: la simpatía del ser humano hacia su semejante y hacia la sociedad en conjunto. A Platón no se le ocurrió nunca proponer esa norma, que trajeron al mundo occidental Jesucristo y los evangelistas al enseñar que el hombre virtuoso no es el que se guía por la razón sino por una pasión: el amor al prójimo.

Es innecesario subrayar la influencia decisiva que esta nueva doctrina tuvo en la humanidad. Es posible que también hubiera influido sobre Platón de haber llegado él a conocerla, y hasta creo que, después de varios años de meditación, habría declarado: “Tenéis tazón. Yo no supe apreciar el importante lugar que ocupa la simpatía, o lo que vosotros llamáis amor, en la vida virtuosa y en el carácter del hombre virtuoso. Pero no habéis hecho sino demostrarme que cultivar la simpatía es un acto inteligente. En cambio, no podéis demostrarme que la abnegación no puede llegar a convertirse en un vicio si se exagera, ni que la piedad, como cualquier otra pasión, no necesita ser mantenida dentro de los límites de la razón. En definitiva, sigue siendo la razón, la inteligencia, lo que gobierna al hombre”.

Así podría haber probado Platón su derecho al sitio elevado y perdurable que ocupa en la filosofía occidental de la vida.

TOMADO DE: Selecciones del Reader’s Digest, Volumen XLII, Nº 252,  Noviembre de 1961. Pp. 66 – 71.

IMPORTANTE: Urania Scenia procura recuperar (de diversas fuentes) artículos de interés discursivo, afín a su temática y abiertos a la consideración de su audiencia; pero no se identifica necesariamente con el total de información y/o puntos de vista expresados en ellos por los autores firmantes. 

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CONTENTO DIVINO (Por Amado Nervo)

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¡Oh, soñado contento,
donde no hubiera dogmas,
sino mucho silencio!…
Una gran biblioteca,
un vastísimo huerto,
con recodos de sombra,
de quietud y misterio,
y en él un telescopio
para asomarse al cielo,
¡para mirar siquiera
la Patria desde lejos,
mientras llega el instante
de volver a lo eterno!

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RELOJES BIOLÓGICOS (Por Mark Caldwell, a propósito del ‘Trastorno Afectivo Estacional’ – SAD)

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Ahora que finalmente se sabe
dónde están localizados nuestros relojes biológicos,
¿podremos aprender a controlarlos?

Suponga que usted puede reajustar los relojes interiores que controlan su vida, programándose, por ejemplo, para despertar fresco y alerta a las 5:30 a.m. si tiene que asistir a un desayuno importante, o eliminar el hambre que lo impulsa a comerse una bolsa de papitas fritas todas las tardes.

Si las posibilidades de controlar los cronómetros de su cuerpo parecen un lujo placentero, considere el caso de Jason K., un abogado de Nueva Jersey. Jason sufre de una disfunción debilitante de su reloj biológico llamada desorden afectivo estacional, o SAD (por sus siglas en inglés). Puede parecer un mal remoto y hasta un lujo, en especial durante el verano, cuando sus efectos disminuyen, pero podría durar todo el año —y en algunos casos toda la vida— causándole terribles problemas.

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=Paciente con SAD=

“Me vino gradualmente, con el tiempo”, cuenta Jason, “a medida que los días se iban haciendo más y más oscuros, desde el otoño al invierno”. “Mi humor se tornó más sombrío. En el invierno sentía una flojera que me hacía difícil trabajar; tenía que esforzarme aún más para poder hacer algo. El sueño no era reparador. Despertaba 15 veces por noche sólo para ver la hora y desarrollé unos deseos excesivos por los dulces”.

La experiencia de Jason no es rara. En una encuesta reciente realizada en Nueva York, más de un tercio de las personas adultas consultadas manifestaron tener al menos un pequeño problema invernal; 6 de 100 informaron padecer de depresión severa. Michael Terman, sicólogo clínico del Instituto Siquiátrico del Centro Médico Presbiteriano de Nueva York, e importante investigador del SAD, destaca que el grado de sufrimiento va mucho más allá de las típicas depresiones de las temporadas de fiesta.

“Cuando nos ataca”, dice Terman, “no es sólo cuestión de humor. Puede ser paralizante durante cinco meses del año y causar una activa retracción social: madres que no pueden cumplir su papel materno, pérdida de interés en el trabajo, pérdida total de la libido”. Aunque el problema por lo general disminuye en la primavera, el SAD puede hacer que uno pierda permanentemente el curso de su vida. “No es un problema pequeño si no es posible mantener un horario de trabajo de 9:00 a 5:00 en el invierno”. Algunas personas que sufren de esta condición gravitan hacia un estilo de vida que se acomode a la enfermedad. “Tienden a deambular en subculturas laborales. Trabajan por su cuenta. Gente de teatro, estudiantes perennes y muchos terminan convencidos de que sus metas originales en la vida son inalcanzables” (Ver nota abajo).

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Pero el síndrome es uno entre una constelación de trastornos del sueño y enfermedades causadas porque los relojes biológicos se han desbocado. En realidad, los relojes interiores pueden originar problemas aun cuando estén funcionando con normalidad. Las miserias de los ojos turbios del desfase del viajero son un ejemplo familiar de lo que podría pasar cuando se cruzan las zonas horarias y el reloj personal pierde la sincronización con con el ritmo del resto del mundo. Éstos son sólo los desórdenes obvios. La susceptibilidad al dolor, por ejemplo, tiende a subir en la mañana y a menguar a medida que avanza el día. Los ataques cardíacos tienen más probabilidades de producirse a media mañana. Los ritmos biológicos pueden alargarse por meses, así como días y semanas: muchas especies animales emigran y se cruzan sólo de acuerdo con estrictos calendarios estacionales.

El folclor y el sentido común nos han estado diciendo por siglos que dependemos de nuestros relojes interiores, pero qué son, dónde están y cómo funcionan ha sido durante largo tiempo un misterio. Ahora, gracias a una serie de hallazgos de laboratorio, los otrora desconcertantes componentes biológicos se han vuelto más claros. Por primera vez los científicos tienen un diagrama que muestra dónde está el cronómetro dentro de nuestro cerebro, cómo usa la maquinaria en nuestras células como mecánica, y cómo se le puede bajar el ritmo, acelerarlo o reajustarlo. Descubrieron cómo el reloj del cerebro —tal como un reloj automático incorporado enciende la cafetera todas las mañanas— puede prender y apagar piezas de la maquinaria biológica, sugiriendo que al final podríamos ser capaces de regular estos procesos de acuerdo con nuestro gusto, en lugar de someternos a que ellos nos regulen a nosotros.

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En el cerebro, un racimo de células nerviosas llamado núcleo supraquiasmático, o SCN (por sus siglas en inglés), parece estar en el corazón del control del tiempo. En los mamíferos, el órgano es confiable: incluso si es extirpado a un conejillo de Indias y se pone en una probeta, puede continuar manteniendo el tiempo por su cuenta por lo menos por un día. El SCN es, en realidad, un par de estructuras como la mayoría de las partes del cerebro. Una mitad se encuentra en el lóbulo izquierdo y la otra en el derecho, justo detrás y un poco más abajo de los ojos. “Cada uno está compuesto de 10.000 neuronas densamente empaquetadas”, explica Steven Reppert, microbiólogo de Harvard cuyo laboratorio ha sido elemento clave en los descubrimientos.

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=Dr. Steven Reppert=

“Los SCN están situados justo encima, donde los nervios ópticos se unen en la base del cerebro”. Esto no es un accidente. El SCN depende de la luz para lo que los expertos en relojes circadianos llaman entretenimiento: sincronizar el reloj interior con los ciclos de la luz y la oscuridad en el mundo exterior. Algunos estudios realizados en ratas sugieren que los mamíferos tienen un juego especial de fotorreceptores en sus ojos, que recogen las señales luminosas y las llevan directamente al SCN. Estos fotorreceptores son diferentes a los bastoncillos y conos usados para percibir la luz que llega a la retina.

Una salida de luz que ataca a los fotorreceptores en el momento preciso hace lo mismo que las perillas de la parte trasera de un antiguo reloj Baby Ben: modifica las manecillas del reloj. Un estallido de luz en la mañana echa a andar el reloj; uno en la noche lo hace retroceder. Si, como Jason, usted es del norte de Estados Unidos, su reloj interior podría marchar muy lento en el invierno, atrasándose sin la luz de las primeras horas de la mañana que normalmente lo echaría a caminar.

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“Cuando converso con mis pacientes aquí en Nueva York”, explica Terman, “les digo que, biológicamente hablando, ellos están viviendo en Chicago”. Cuando suena la alarma al lado de la cama, Nueva York despierta, imprimiendo una alta velocidad. Pero sus relojes interiores están una hora o más atrás, en relación con la hora de Chicago o hasta la de California, insistiendo en que sus cerebros y cuerpos deberían sentirse todavía dormidos.

No todo el mundo tiene este problema. La mayoría de la gente no es tan vulnerable a una falta de luz matinal, la cual ayuda a mantener el reloj interno a tono con el ambiente exterior. Cada mañana, la luz del amanecer llega hasta el SCN y hace avanzar el reloj interior, permitiéndole ponerse en la hora local, levantándonos y facilitándonos la integración a la actividad diaria en sincronización con ésta.

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Como el camino del nervio de los ojos al SCN evita aquellas partes del cerebro que registran vista consciente, el reloj interno puede reaccionar a la luz ambiental, aun cuando estemos profundamente dormidos. La luz del amanecer penetra los párpados, se registra en la retina y transmite una señal silenciosa al SCN. Si el reloj interno tiene tendencia a atrasarse, la luz matinal lo adelanta de forma automática, poniéndolo de nuevo al ritmo normal con el mundo exterior. Simple. A menos que uno viva demasiado al norte del ecuador como para que en el invierno se levante, desayune y esté en el trabajo antes de que amanezca. En efecto, el SAD parece ser más común en las latitudes del norte. Cuando la luz natural es escasa, la mejor forma de reajustarlo es con un estallido de luz artificial.

La importancia del SCN como fijador biológico del tiempo es un descubrimiento reciente, aunque no es nuevo. A pesar de que sus rutas se remontan tiempo atrás (ver “El padre de los relojes circadianos”…), no fue caracterizado sino hasta principios de la década de 1970. Lo que en realidad es nuevo es la comprensión del mecanismo interno del SCN. Los neurocientíficos han comenzado a quitarle la tapa al reloj para ver su mecanismo. Investigaciones en numerosos laboratorios —Brandeis, Darthmouth, Harvard, Northwestern, Rockefeller y Scripps— han revelado que el caballo de tiro del reloj biológico es ingenioso y simple; que está en las células individuales que componen el SCN (y quizás también otros órganos sensibles al tiempo). Esas células parecen controlar todo el sistema, de pies a cabeza. “Ahora estamos seguros”, dice Reppert, “de que el SCN está compuesto de numerosos relojes autónomos en células individuales, y que toda la maquinaria molecular que uno necesita parece residir en una sola neurona”. Debajo de todo eso hay un reloj, el reloj dentro de la célula.

drosophila_melanogasterDrosophila melanogaster

¿Pero cómo? Tomemos un modelo simple: la Drosophila melanogaster, la mosca frutera. En principio, su reloj celular funciona como los que se encuentran en los mamíferos. El ciclo comienza con dos de los genes de la mosca. Como la mayoría de los genes activos en el ADN vivo, forman soleras para la construcción de proteínas, en este caso llamadas dCLOCK y dBMAL1. A medida que estas proteínas se construyen en el núcleo de la célula —proceso que toma tiempo—se unen y se deslizan corriente abajo. Allí se adhieren y encienden dos relojes de genes más, llamados “per” y “tim”. Estos genes adicionales comienzan a producir proteínas propias, las que se forman en el citoplasma que circunda el núcleo de la célula. Allí se juntan y acumulan mientras va transcurriendo el día.

Eso, en esencia, es el tic del reloj. Una vez que alcanzan la masa crítica, las proteínas “per” y “tim” vuelven al núcleo de la célula, donde parecen bloquear la operación  de los genes que componen dCLOCK y dBMAL1, cerrando la producción de proteínas per y tim, justo cuando el movimiento de su péndulo lleva al movimiento de un reloj mecánico a una detención muy breve. En la célula, esta parada dura hasta que se disipan las proteínas per y tim. Una vez que desaparecen, reaparecen las proteínas dCLOCK y dBMAL1, comenzando todo el proceso de nuevo. El ciclo demora alrededor de un día.

En la práctica, por supuesto, el reloj es más complejo, con algunos refinamientos intrigantes. En las moscas fruteras, la luz descompone la proteína tim, mientras que en los mamíferos, la luz activa a los genes per, lo que podría explicar cómo los estallidos de luz pueden reajustar el reloj celular cuando se descontrola. Aunque los detalles varían de especie a especie, el principio básico parece ser universal, y podría ser quizás la máxima fuente de tiempo para todo lo que vive. Los relojes echan a andar solos y son confiables. Aun cuando se les priva de luz externa y de las señales de temperatura que revelan la hora del día, se salen de la línea sólo gradualmente. La luz ambiental no controla los relojes; sólo ayuda a ajustarlos.

Aunque aún no estamos seguros de cómo un fallo en el funcionamiento de un reloj biológico puede llevar a ciclos debilitantes de melancolía y angustia, el equipo de Reppert acaba de publicar un estudio que sugiere una respuesta. Ellos establecieron una conexión entre las células nerviosas individuales cuya microscópica maquinaria interna mueve el mecanismo del SCN y la elaboración de hormonas. Las mismas proteínas, que se forman y desaparecen en un ciclo de 24 horas para echar a andar el reloj circadiano, causan oscilación, en la producción de una hormona que puede regular cómo actúan los animales. “Teníamos una armazónpara las velocidades moleculares del reloj circadiano en los mamíferos”, añade Reppert, “pero queríamos encontrar algún vínculo con la conducta verdadera”.

Reppert descubrió que las proteínas del reloj activan y apagan el gen que produce la vasopresina. Fuera del cerebro, la vasopresina es importante para controlar el equilibrio de la sal y el agua en el cuerpo. En el cerebro, sin embargo, es una hormona diferente, involucrada en ciclos de descanso y actividad en los mamíferos. Aunque no parece influenciar los tipos de conducta envueltos en el desorden afectivo estacional, sí proporciona un emocionante modelo para la operación de la A a la Z de los relojes biológicos y para explicar cómo una disfunción puede causar anormalidades en el humor o en la conducta. Ahora los científicos pueden ver una continuidad del ciclo de la luz y la oscuridad en la atmósfera en torno a nosotros, el reloj mundial hacia el reloj personal SCN, luego a los microscópicos relojes de las células de los nervios y, finalmente, a la producción de una hormona.

Ése es sólo un comienzo. La vasopresina es una vasta gama de sustancias que regulan el comportamiento. Los relojes celulares no han sido vinculados al ciclo de las sustancias que modulan la conducta y el estado de ánimo familiar, como la serotonina y la melatonina (VerMelatonina: ¿milagro o mito?). “Va a tomar otra década encontrar una conexión entre el trabajo de Reppert y la terapéutica”, pronostica Terman. Pero no es difícil prever cómo funcionarían las terapias circadianas visionarias. A propósito, ya hay un par en estudio. El desfase de viajero, por ejemplo, podría responder favorablemente a la melatonina, por lo menos para algunas personas (Ver “¿Puede evitarse el desfase de viajero?”).

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Hay un tratamiento efectivo para el SAD. En 1980, Alfred Lewy, del Laboratorio de Desórdenes del Sueño y el Humor de la Universidad de Ciencias  de la Salud de Oregón, consiguió aliviar a un hombre que sufría de depresión invernal recurrente con sólo exponerlo a la luz brillante durante varios días, de seis a nueve de la mañana y de cuatro a siete de la noche. En tratamientos posteriores, Lewy bajó la dosis a dos horas de exposición al día a una intensidad de 2.500 lux, lo que se aproxima a la fuerza de la luz natural después de que el sol ha salido completamente. En la actualidad, la terapia para los pacientes de SAD incluye exposición artificial durante 30 minutos cada mañana a una intensidad de 10.000 lux (lo que se aproxima a la fuerza de la luz  natural 40 minutos después del amanecer).

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Dr. Michael Terman

El grupo de Terman ha estado trabajando en el perfeccionamiento del tratamiento: un sistema de luz computarizado para el dormitorio, imitando a la luz del amanecer. Jason lo probó y funcionó. “En un par de horas simula al sol que está saliendo”, dice. “De alguna forma uno está consciente de ella aunque esté dormido: la luz que entra a través de los párpados produce una sensación sensual”. En unos días, la depresión se disipó, sus hábitos de sueño volvieron a la normalidad y los deseos de comer dulces eran menos.

Las posibilidades presentadas por los descubrimientos sobre el funcionamiento del reloj biológico van más allá del humor y la depresión. Si los ataques cardíacos ocurren a causa de una señal de tiempo, ¿hay alguna forma de anular esa señal? ¿hay alguna forma de controlar el peso espaciando los períodos en que uno siente hambre?¿es posible predecir, hasta controlar, no sólo el día, sino la hora, en que nace un bebé? Por primera vez, la ciencia sabe dónde y cómo buscar las respuestas a estas preguntas.

NOTAS:

1.- ¿PADECE DE SAD?

Expertos en el trastorno afectivo emocional advierten que el campo está lleno de información equivocada y de estafadores. Si busca al azar en la web, podría terminar en las manos de intereses comerciales más inclinados a vender una caja de luz de alto precio que a hacerle un cuidadoso diagnóstico. Michael Terman, del Instituto Siquiátrico del Centro Médico Presbiteriano Columbia, en Nueva York, diseñó el siguiente autoexamen preliminar, pero advierte que “el diagnóstico del SAD requiere la asistencia de un profesional en la salud mental”

  • ¿Se vuelven para usted más difíciles la vida laboral y la familiar en el invierno?
  • ¿Experimenta agotamiento constante o períodos de fatiga en el invierno, pero no en el verano?
  • ¿Cambian sus hábitos alimenticios en el invierno, aumentando el consumo de dulces o almidón?
  • ¿Su sensación de bienestar disminuye durante el invierno?
  • ¿Se siente bien a finales de la primavera y el verano, —hasta con más energía— sin emociones deprimidas subyacentes? Para examinar estos interrogantes con más profundidad, puede conseguir el “Inventario Personal para la Depresión” y el “Examen de Autoevaluación del SAD”, el que incluye una guía de interpretación clínica. El examen de autoevaluación es distribuido por el Center for Enviromental Therapeutics, de Georgetown, Colorado. El cuestionario puede tomarse de la Internet en: www . cet . org / cet2000.  —M.C.

2.- EL PADRE DE LOS RELOJES CIRCADIANOS

La historia de los relojes circadianos comenzó, para todos los propósitos prácticos, en 1911, con un experimento clásico, dirigido por Karl von Frisch (1886-1982), un zoólogo austriaco. Estudió los pequeños peces Phoxinus phoxinus, los que se tornan oscuros en la presencia de la luz y se iluminan siempre que oscurece. Von Frisch descubrió que los peces no estaban respondiendo a la luz ambiental percibida a través de sus ojos. Los peces ciegos, para su sorpresa, de todas formas se oscurecían en respuesta a la luz. Continuaron haciéndolo aun cuando, en una serie de espantosos experimentos, los anestesió, les sacó los nervios faciales, y continuó separando carne hasta que llegó a sus cráneos. Von Frisch dedujo que algo muy adentro del cerebro mismo podía responder directamente a la luz. Más tarde rastreó este efecto en la glándula pineal, la que ahora sabemos es la fuente de la melatonina. —M.C.

3.- MELATONINA: ¿MILAGRO O MITO?

Hable de los biorritmos e inmediatamente se pensará en una sola palabra: melatonina. A la venta como un suplemento dietético, se afirma que supera los beneficios de la aspirina, la penicilina y el mejor chocolate suizo combinados. ¿Mejora el desfase? ¿Cura el SIDA? ¿Revierte el mal de Alzheimer? ¿Actúa como antioxidante para prevenir el cáncer? ¿Prolonga la vida?

Las respuestas cortas según los expertos son: quizás, no, no, a lo mejor pero no cuente con eso, y no. ¿Para qué sirve, entonces? La hormona es producida en la glándula pineal cerca de la base del cerebro, alcanzando su mayor nivel en la noche y disminuyendo durante el día. El ciclo no depende de si uno está activo o descansando y, de este modo, dice el sicólogo clínico Michael Terman, una medición cuidadosa de los niveles de melatonina puede ayudar a determinar si su reloj interno está desajustado. En algunos mamíferos parece regular cambios en el aspecto físico y en la conducta, que se producen en el comienzo de la temporada de reproducción. Cuando un feto se está desarrollando en la matriz, los niveles de melatonina de la madre pueden reajustar el reloj biológico de éste en las semanas o meses antes de que su retina se haya desarrollado lo suficiente como para reaccionar ante la luz.

La melatonina sí ayuda a inducir el sueño, quizás porque mientras sus niveles suben por la noche, reduce la actividad de las células nerviosas en el SCN, manteniendo el reloj circadiano en buenas condiciones de funcionamiento. Éste podría ser el motivo por el que ayuda a superar el desfase. Pero los efectos de tomar melatonina no son bien comprendidos y poco se sabe sobre las exigencias de las dosis. Por eso, la mayor parte de los médicos todavía no quieren recomendarla. —M.C.

4.- ¿PUEDE EVITARSE EL DESFASE DE VIAJERO?

Algunas personas dicen que es peor cuando viajan al este de Estados Unidos y sus cuerpos creen que son tres o cuatro horas menos que la hora local. Otros sufren más cuando son las 11 a.m. en Los Ángeles, pero aún están programados por la hora de Nueva York. Casi todo el que viaja conoce estas sensaciones: agotamiento, mareos, irritabilidad, malestares estomacales. Hay un consenso general sobre la causa: un desajuste entre el reloj interior y los ritmos del día y la noche del mundo exterior. Los remedios abundan. En Internet se puede compras una visera que funciona con pilas, se pone en la cabeza y baña a la persona con luz. Una regla de cálculo indica cuándo y por cuánto tiempo hay que usarla. Siete hoteles Hilton ofrecen habitaciones con cajas de luz y un reloj despertador que ilumina y expone al huésped a la luz media hora antes de que despierte.

Luego está la melatonina. Aún no se ha llegado a un acuerdo al respecto, pero algunas pruebas sugieren que es eficaz. Tomada al atardecer parece dar marcha atrás al reloj circadiano; por la mañana, una dosis lo hace avanzar. En 1997, Steven Reppert, neuro-biólogo de Harvard, y sus colegas descubrieron otro efecto: durante el sueño normal podría neutralizar la actividad de las células nerviosas en el núcleo supraquiasmático (SCN), evitando así que sea reajustado accidentalmente. Esto ayudaría a controlar el desfase de viajero.

De todas formas, Reppert no la toma. Se sabe que la melatonina afecta a la conducta reproductiva y el peso del cuerpo en otros mamíferos. ¿Valen la pena los riesgos de salud sólo para solucionar uno o dos días de irritabilidad y atontamiento? —M.C.

TOMADO DE: Discover en Español. Agosto de 1999.  Pp. 36 – 42.

IMPORTANTE: Urania Scenia procura recuperar (de diversas fuentes) artículos de interés discursivo, afín a su temática y abiertos a la consideración de su audiencia; pero no se identifica necesariamente con el total de información y/o puntos de vista expresados en ellos por los autores firmantes. 

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EL MILAGRO DE JUANA DE ARCO (Por Louise Redfield Peattie)

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 “Juana de Arco”
(Jules Bastien-Lepage, 1879)

Para la mayoría de nosotros, Juana de Arco es una leyenda, el poema heroico de una pastorcilla que oía voces sobrenaturales y de ellas recibió la misión de salvar a su patria. Pero la tradición no es más que la sombra de la verdad. No había nada de sobrenatural en Juana; era una muchacha sólidamente real, una campesina de la dulce tierra francesa que ni siquiera constituía una nación unificada cuando ella fue inspirada a la batalla con el inmortal pendón de la flor de lis de Francia.

Han transcurrido cinco siglos* desde que Juana murió en la hoguera de Ruán. ¿Por qué, pues, habremos de recordarla hoy?

Porque su vida encarna la guerra multisecular entre el bien y el mal, que prosigue y se renueva eternamente. Aquellos que tomen parte en esa lucha combatirán mejor si conocen a la Doncella de Orleáns. Murió condenada como pecadora y hereje, pero la posteridad la venera como santa inmortal, vencedora suprema de las fuerzas de las tinieblas que, aunque la destruyeron materialmente, no lograron destruir el símbolo de verdad y de valor que representa.

Cuando nació Juana el año 1412 en la aldea lorenesa de Domrémy, un huracán sangriento azotaba a Francia, cuya corona reclamaban los reyes de Inglaterra desde hacía tres cuartos de siglo en la que habría de llamarse Guerra de Cien Años, y gran parte de cuyo territorio estaba bajo el dominio del Duque de Borgoña, aliado de los ingleses. Sólo el resto del país era leal al Delfín Carlos, heredero del trono francés, que no había sido coronado aún.

Juana sintió cuando era niña los efectos de aquel huracán, pues frente a su rústica morada corría el antiguo camino romano que cruzaba el río Mosa y por el cual pasaban bandas de hombres armados o frailes ambulantes que al hacer un breve alto hablaban de los crímenes y saqueos que habían visto y lamentaban la debilidad del Delfín que le impedía ser un rey de verdad y hacer una nación unida de esa tierra despedazada.

A los doce años, Juana era una niña devota, de recia complexión y negra cabellera, a quien nada notable había sucedido. Un día que estaba en el huerto de su padre, se vio rodeada por una intensa claridad de la cual surgían una alas resplandecientes y un rostro glorioso, mientras una voz se dirigía a ella. Cayó aterrada de hinojos, pues comprendió que era el Arcángel Miguel, santo patrono del Delfín y venerado por los franceses. No estaba solo, según diría ella más tarde, sino “acompañado de ángeles celestiales”. Y Juana añade: “Me anunció que Santa Catalina y Santa Margarita vendrían a mí y que yo debía seguir sus instrucciones, pues tal era la voluntad de Nuestro Señor”.

En los cuatro o cinco años que siguieron, las santas le hablaron a menudo, pero Juana no dijo una palabra de ello a nadie y continuó tranquila su vida de pastora, con la convicción no menos serena de que estaba en contacto con Dios. En 1428, los ingleses pusieron sitio a Orleáns, y poco después el Arcángel se apareció a Juana, que tenía por entonces 16 años, y declaró que Dios le mandaba ir en auxilio del Delfín y levantar el asedio: “La voz me ordenó que fuese a ver en Vaucouleurs a Robert de Baudricourt, capitán de la ciudad, quien me daría una partida de soldados para acompañarme”.

Sin revelar nada a sus padres, la jovencita se dirigió a Vaucouleurs, a unos 16 kilómetros de su aldea, se presentó dos veces a Baudricourt y le dijo que tenía la misión divina de llevar al Delfín a Reims para que fuese coronado; las dos veces fue despedida sin miramientos pero ella no cedió y volvió a insistir, hasta que impresionado finalmente por su aplomo, Baudricourt le dio un caballo, la guardia militar y las ropas de hombre que pedía.

Juana se hizo cortar el cabello al estilo masculino, se puso en camino al oír que sus voces le decían: “¡Ve adelante sin temor!” y pronto se alejó de los parajes familiares de su infancia. Era de noche y marchaba a través de territorio enemigo, en busca de su destino. Al llegar cerca de Chinon, donde se encontraba el Delfín, envió un mensajero al castillo para anunciar su arribo. Carlos, que era un joven tímido y vacilante, la recibió pero recurrió a una treta para desconcertarla. Cuando la muchacha campesina entró en el salón de honor, magníficamente iluminado por antorchas y lleno de cortesanos, el Delfín se había ocultado entre éstos, modestamente vestido. Juana fue hacia él sin vacilar y se prosternó; entonces Carlos señaló a uno de los circunstantes y dijo:

—El Rey es aquel.

Juana no se dejó engañar y repuso con suave energía:

—En el nombre de Dios, noble príncipe, el rey eres tú y nadie más.

Y agregó que Dios la había enviado para ayudarle a él y a su reino y conseguir que fuese ungido en la catedral de Reims. Mientras los demás miraban atónitos, Carlos habló largamente con la niña y se vio resplandecer su semblante ante las respuestas de ella. Todavía vacilaba, no obstante, por temor de que Juana fuese instrumento de alguna potencia diabólica, y la hizo interrogar por eruditos clérigos de Poitiers y examinar por varias damas de la corte para comprobar si era virgen, basado en el concepto de que el primer acto de una mujer al convertirse en bruja era tomar por amante al Diablo. La conclusión a que llegaron solemnemente unos y otras fue que Juana era pura de cuerpo y alma.

Toda esta demora impacientaba a la joven, quien dijo al indeciso Delfín, con palabras reveladoras de una extraña y previsora sabiduría:

—Sólo duraré un año y algo más. En ese año debemos hacer una buena obra.

“Hija de Dios”. Carlos reunió entonces un ejército y dio una armadura de acero bruñido a Juana, y ésta ordenó que en una capilla consagrada a Santa Catalina se buscase detrás del altar una espada que debía estar enterrada allí. Se la llevaron, en efecto, cubierta de herrumbre, pero una vez en su mano muy pronto refulgió como nueva. Luego mandó a hacer un estandarte blanco con orla de seda y salpicado con flores de lis, que tuviera una imagen del Redentor con un ángel a cada lado. Llevando ese pendón, la “Hija de Dios”, como la llamara el Arcángel Miguel, se puso al frente de la soldadesca.

Seis meses hacía que Orleáns, plaza decisiva en la campaña de los ingleses para abrirse paso al valle del Loira, era sitiada por éstos, que habían construido una docena de baluartes en torno a la ciudad. La defensa de uno de esos bastiones consistía en una gran muralla de piedra de nueve metros de altura, reforzada con poderosas torres. Al llegar allí, Juana dictó una carta que hizo atar a una flecha y lanzar por encima de la muralla y que decía:

“El Rey de los Cielos os envía por mí, Juana la Doncella, orden y aviso de que abandonéis vuestros fuertes y regreséis a vuestro país. Si no lo hacéis, alzaré contra vosotros un llamado a la lucha que será recordado para siempre”.

Triunfo. En la edad media, la guerra se libraba mediante combates cuerpo a cuerpo con lanza y espada, mazo y hacha, en una lucha confusa, y a ella se lanzó Juana con su caballo para levantar el sitio. Logró tomar con sus compañeros uno de los reductos, y dos días más tarde atacaron la fortaleza principal, pero en el momento que iba a trepar por una escala apoyada en el muro, la flecha de un arquero fue a darle en el pecho; llevada de allí, con sus propias manos se arrancó la saeta. Era el anochecer y las trompetas daban la señal de retirada, pero Juana se puso de pie y pronto vieron los soldados flamear su banderola y la oyeron gritar:

—¡Habéis ganado la jornada! ¡Entrad!

La siguieron en su audaz carrera hacia el bastión, por el cual trepó nuevamente, y poco después caía el baluarte en su poder. Orleáns estaba salvada.

La Doncella cruzó por las calles entre el repicar de las campanas. Sólo entonces hizo vendar su herida y tomó alimento: cinco tajadas de pan remojadas en vino y agua. Así terminaron los breves días en que una niña de diecisiete años reanimó el coraje del ejército francés y cambió en curso de la Guerra de Cien Años.

Si bien obsesionado por el sueño de su coronación, que Juana le había trasfundido, Calos volvía a sus vacilaciones, hasta que ella le imploró:

—Noble Delfín, no celebres tantos y tan largos consejos. Ven con la mayor presteza posible a Reims a tomar la corona.

Pues veía que sólo así se consolidaría la unidad de Francia y quedarían burladas las pretensiones de Inglaterra. El camino a Reims cruzaba ciudades ocupadas por el enemigo, pero Juana no conocía el miedo. Su pendón ondeaba en lo más reñido de la pelea y su voz repetía:

—¡Avanzad con valor! ¡Todo saldrá bien!

Reims se dispuso apresuradamente a recibir al Delfín, y una hermosa mañana de verano, el 17 de julio de 1429, Carlos se dirigió a la Catedral a la cabeza de un espléndido cortejo. Junto a su trono estaba Juana de pie. Menos de cinco meses habían pasado desde que saliera de Domrémy.

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Juana de Arco en la Coronación
de Carlos VII, en la Catedral de Reims
(Dominique Ingres, 1854)

Coronado por fin, Carlos VII sintió que no le era tan necesaria ya la Doncella y, en vez de atender a sus instancias de que marchara sin demora sobre París, escuchaba a los consejeros celosos de ella. Con todo, llegó el momento de reanudar de mala gana la campaña. Juana iba al frente de las fuerzas reales en la toma de una ciudad tras otra. Sin embargo, el ataque a uno de los fuertes de París fracasó y la joven fue herida en el muslo por una flecha.

Durante la semana de Pascua de 1430, las voces llevaron a Juana el funesto anuncio de que sería apresada por el enemigo. Siguió, sin embargo, a la vanguardia del ataque, hasta que en un combate entablado en el puente levadizo de Compiègne se encontró encerrada entre los ingleses y los borgoñeses; manos hostiles se apoderaron de su caballo y luego de ella misma. La Doncella de Orleáns había caído prisionera.

El hombre al que Juana había hecho rey de Francia no movió al parecer un dedo para ayudarla. Fue encerrada en el castillo de un noble borgoñón y allí se enteró de que estaban celebrándose negociaciones para entregarla a los ingleses; desesperada, se arrojó desde una elevada torre para tratar de huir y, aunque pudo matarse, se salvó para pedir arrepentida perdón.

Traición. Mientras tanto se preparaba una trampa mediante cartas enviadas al duque de Borgoña por los clérigos de la Universidad de París, simpatizantes de aquel, y el plan se cumplió con el pago de una fuerte suma a los carceleros, que entonces la entregaron al Obispo de Beauvais, Pierre Cauchon, un hombre astuto y ambicioso, vendido a los ingleses. La apertura de un proceso a Juana por herejía se presentaba favorable a sus intereses, no menos que a los de los ingleses, quienes querían aparentar que permanecían ajenos al asunto. Por tanto, como el juicio a desarrollarse en Ruán tendría carácter religioso y no político, Cauchón eligió con habilidad los jueces eclesiásticos que compondrían el tribunal. Además, no se designó a nadie para que defendiera a Juana ni se llamó testigo alguno en favor suyo, y Cauchón era tan poderoso que nadie se atrevió a alzar la voz en su defensa.

He aquí, pues, que esta campesina analfabeta de diecinueve años se yergue sola, abandonada, frente al impresionante tribunal de eruditos en leyes humanas y sagradas. Debe hablar por sí misma y cada pregunta, cada contestación, son puestas por escrito. Eso nos permite oír su voz a través de los siglos:

—Vos decís que sois mi juez. Meditad bien lo que hacéis, pues en verdad soy enviada por Dios y os ponéis en grave peligro.

Bajo el apremiante interrogatorio, Juana hizo sin reservas el relato de su breve y singular existencia. En ningún momento admitió haber cometido herejías y siempre sostuvo que cuanto hiciera respondía a la voluntad divina. Le mostraron los ominosos instrumentos de tortura y no flaqueó:

—En verdad, aunque me arrancaseis un miembro tras otro no diría otra cosa.

La amenazaron con quemarla y contestó:

—Aunque viese la hoguera, seguiría diciendo todo lo que he dicho.

(“¡Magnífica respuesta!”, garrapateó el actuario al margen.)

La acosaron con las más contrarias preguntas y ni una sola vez vaciló en la convicción que presidía su vida:

—Tengo un buen señor, que es Dios Nuestro Señor, a quien obedezco, y a nadie más.

Pero el intrigante Cauchon no permitió que las firmes y honradas respuestas de Juana decidieran su suerte y en cambio hizo reducir sus declaraciones, de una verdad transparente, a doce artículos impersonales y deformados, que presentó a los jueces como base para las deliberaciones. Y aquellos ilustres representantes de Dios, sometidos todos servilmente al obispo, dictaron el fallo que él quería.

De esta forma, un luminoso día de mayo, la joven, que parecía un tierno adolescente en sus vestimentas oscuras de varón, fue sacada de su celda y, parpadeante bajo la brillante luz del sol, llevada a oír su sentencia. Los testimonios de lo que sucedió después son confusos y contradictorios; lo cierto es que se mostró y leyó un documento a la muchacha “que no sabía distinguir la A de la B” y se le dijo:

—Firma, o morirás quemada.

Con una extraña sonrisa, la Doncella puso una marca al pie del escrito. Pensó que ya estaba segura y confiando en la Iglesia de que era hija fiel dijo:

—Vosotros, hombres de iglesia, llevadme a vuestra prisión, y no me dejéis más en manos de los ingleses.

Debió ser muy amargo para ella ver que la conducían a la misma celda. Al prometérsele que se le permitiría oír misa a condición de ponerse ropas de mujer, accedió a hacerlo, pero mientras dormía sus guardianes se llevaron el vestido y se vio obligada a salir de nuevo con su traje masculino hecho jirones.

Fatal respuesta. Por tal “pecado” fue declarada hereje relapsa, la peor sentencia que pudiera pronunciarse, y para sellar su suerte, Cauchon le preguntó si había vuelto a oír sus voces. Juana respondió que sí y que le reprochaban haber firmado, fuese lo que fuese.

—Todo lo que entonces dije al retractarme, fue por temor a la hoguera. (“¡Fatal respuesta!”, anotó ahora el escribiente al margen.)

Pero su valor no desfalleció.

—Por la gracia de Dios, esta noche estaré en el Paraíso —dijo, y pidió la comunión.

Por raro que parezca, Cauchon accedió a esta última petición. ¿Sabía que su víctima era inocente? En todo caso, ella sabía que él era culpable.

—¡Obispo, muero por tu culpa! —le arrojó a la cara.

En la mañana del 30 de mayo de 1431, le raparon la cabeza, le pusieron una túnica y la llevaron a la plaza del mercado de Ruán, atestada de gente. Después que Cauchon leyó la sentencia, le pusieron en la cabeza una mitra de papel, con grandes letras que decían: Hereje, Pecadora, Relapsa, Apóstata, Idólatra. Pidió una cruz y uno de los arqueros ingleses improvisó con dos ramitas una, que Juana se llevó al pecho, mientras otro hombre corría a la iglesia en busca de un crucifijo que ella besó. Luego subió a la elevada pila de leños, con los ojos puestos en el símbolo de la Redención; pronto se alzaron las llamas y la envolvieron. Sólo su voz llegaba hasta la callada muchedumbre, en plegarias, en gemidos y en un grito postrero de agonía y de amor:

—¡Jesús!

Se dice que uno de los ingleses, lanzándose entre la multitud, gritó:

—¡Estamos perdidos! ¡Hemos quemado a una santa!

Unos cinco lustros más tarde, Carlos VII entabló un procedimiento para que los tribunales eclesiásticos la rehabilitaran y, llegado el momento, la Iglesia a que siempre fuera Juana fiel y que la había condenado, la declaró inocente. Finalmente, en 1920 la canonizó. Pero 500 años atrás hubo quienes supieron que en medio de ellos vivía una santa. Y eso completa el milagro.

Louise Redfield Peattie

TOMADO DE: Selecciones del Reader’s Digest, Volumen L, Nº 297,  Agosto de 1965. Pp. 88 – 94.

* A la fecha (abril de 2013), contabilizaríamos el tiempo en seis siglos. [Urania Scenia]

** Éste es uno de los últimos artículos escritos por la novelista Louise Redfield Peattie, que falleció el 19 de febrero último, sólo tres meses después de morir su marido, el prestigioso escritor Donald Culross Peattie. [Nota de edición de revista]

IMPORTANTE: Urania Scenia procura recuperar (de diversas fuentes) artículos de interés discursivo, afín a su temática y abiertos a la consideración de su audiencia; pero no se identifica necesariamente con el total de información y/o puntos de vista expresados en ellos por los autores firmantes. 

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EL VIOLÍN DE LÓPEZ (Por Fernando Márquez, a propósito del fenómeno del “Desdoblamiento”)

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Yo creo —dijo Luis al gran médico, su profesor en la Facultad de Medicina— que decir misterio es decir ignorancia. La vida está llena de leyendas que no serían tales si las comprendiéramos. Creemos que los hechos son efectos y bien pueden ser causas. En fin, deseo exponerle mi caso aprovechando de que me distingue entre sus discípulos.

Hace tres noches concurrió a mi casa un amigo, también estudiante, el cual está prendado de una joven violinista. Él no es músico ni lo ha sido en su vida, pero actualmente se ha entregado a una devoción singular por la musa Euterpe.

Llegó, decía, alegre, con un violín debajo del brazo, y me dijo que estaba decidido a ser violinista. “Nada hay más que me importe, agregó, fuera de ella y de ese divino arte. Acabo de escuchar un concierto de Von Vecsey. Fui con ella al teatro. No te puedes imaginar nada más grande. Guárdame el violín que lo he comprado hace un momento, y me falta tiempo para ir a su casa. Me espera con su familia a comer. Mañana vendré a contarte de mi felicidad”.

Dejó el instrumento sobre mi cama y marchóse tan de prisa y repentinamente cual había venido. Como me hallaba algo congestionado por el estudio, su visita me distrajo, me hizo bien. Discúlpeme, doctor, si abundo en detalles.

A las diez de la noche regresé de mi paseo habitual y me enfrasqué en los libros hasta las doce. Por costumbre me acosté a esa hora, pues me sentía con una serenidad de ánimo cabal. Tenía una lucidez espiritual tan pura que, en verdad, la desearía en todos los momentos.

Había puesto el violín y el arco sobre mi mesa de trabajo, y también había cerrado la puerta de la pieza con dos vueltas de llave; este hábito lo contraje debido a un vecino ruidoso quien equivocaba las habitaciones motivando querellas.

En el lecho me sumergí en profundas meditaciones sobre la glándola pineal, concentración  que se prolongó por media hora. Miré después a la mesa, y padecí una verdadera sorpresa viendo a López. Estaba a los pies de mi cama. Desde allí se dirigió a la mesa y, levantando el violín y el arco, volvió al mismo lugar.

La llave permanecía en la puerta y la ventana estaba cerrada. Era curioso lo que sucedía. Si él no había entrado, lo que pasaba es que yo estaba padeciendo una alucinación proveniente de la intensa meditación anterior y, en consecuencia, resolví darme cuenta del fenómeno, y encendí un cigarrillo.

Aunque algo extrañado, pude observarle apretando las clavijas y templando el instrumento.

Había gran claridad en la pieza, una abundancia de luz meridiana, y, sin embargo, la bombita eléctrica me parecía negra.

“Oye, Luis, me dijo mi amigo: Von Vecsey ejecutó esto en el teatro”. Mi asombro rayó en estupefacción y comprendí que no estaba alucinado. Para mí aquello era simplemente algo maravilloso. Él, que pocas horas antes no sabía ni solfeo, arpegiaba soberbiamente. Las notas que arrancaba eran más nítidas y delicadas que cuanto yo hubiera oído. Aquella música pareció mecerme en un mundo de ensueño, de magia antigua, de rituales extraños como aquellos que nos cuentan que presenció Luciano, el César, en los templos iniciáticos.

Me hallaba en una hiperestesia completa: me parecía escuchar con los oídos, las manos, los pies y hasta la punta de los cabellos.

Terminó la sinfonía y me dijo: “Ahora improvisaré para ella; oye con atención y dime tu parecer; conozco tu buen gusto”.

Aquello fue enorme. Renuncio a describirlo. Sólo sé que temblaba o vibraba de modo singularísimo, cual si fuera el instrumento mismo, como si las armonías saliesen de mi propio ser. Sentíame orquesta; ¿comprende, doctor? Yo era la substancia sonora de los atiplados sonidos y rugidos de una selva que amaneciera en primavera, más los bruscos rugidos de un vendaval corriendo por los riscos y quebradas de una serranía… Algo inenarrable.

Cuando hubo pasado ese estado dejé caer la mirada en la mesa. El violín y el arco estaban allí.

En ese mismo instante, el vecino de la pieza contigua me golpeó la pared y, con gritos desaforados, me conminó para que lo dejara dormir, pues ya había soportado bastante música.

López, que continuaba tocando sonrió y puso su violín y su arco en el otro violín y en el otro arco, es decir que de cuatro cosas hizo dos, lo cual me parece inexplicable. En vano quise comprender tamaño fenómeno; la cabeza se me fue en confusiones.

Busqué los fósforos, pues el cigarrillo estaba apagado, y me dispuse a interrogar a López.

Encendí, pero ya mi amigo no estaba en la pieza. Lo busqué. Debajo de la cama no había nadie; en el ropero tampoco; la puerta tenía las dos vueltas de llave y la ventana permanecía cerrada.

Yo le aseguro doctor, que no fue un sueño, pues durante la audición, hice caer varias veces la ceniza del cigarrillo.

—¿Está usted seguro, Gómez, de que no hay ninguna entrada disimulada en su dormitorio? —interrogóle el doctor.

—Segurísimo.

—No sé qué pensar, mi joven amigo, o más bien no quiero pensar, porque yo sé que usted es un hombre bien equilibrado.

—Aún no he terminado, mi buen maestro:

No obstante que lo que me acaecía era extraño, no me alarmé. Apagué la luz y me dormí tranquilamente, pues estaba seguro de haber vivido una experiencia que convidaba a soñar.

Cuando a la mañana siguiente, volvía de preguntar al vecino si le había disgustado la serenata, recibiendo por respuesta una serie de maldiciones porque no pudo conciliar el sueño hasta las dos de la mañana, debido a la música, entró exaltado López y me miró intensamente. Fue hacia el violín, lo examinó y, sin musitar palabra, se dirigió hacia la puerta.

Desde allí me dijo: “Discúlpame; no sé lo que está sucediendo. Acabo de tomar profesor de música porque he tenido un sueño con este violín. Estuve aquí, ejecutando de un modo magistral. Tú me escuchabas tan maravillado como yo mismo. ¡Qué estupendo! Pronto vendré a darte pormenores”. Y se fue. ¿Qué opina, doctor?

—Es el primer caso típico de desdoblamiento que conozco. No sé decirle más. Habría que interrogar a su amigo.

—Lo traeré, doctor.

Fernando Márquez.

TOMADO DE: “Teosofía” —Revista Mensual. Año 1, Nº 2, Octubre de 1920. Argentina. Pp. 31 – 33.

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“EL HOMBRE MÁS JUSTO Y MÁS SABIO” (Por Max Eastman, a propósito de Sócrates)

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La civilización occidental debe mucho a Sócrates,
el evangelista del razonamiento riguroso. 

Era un individuo de aspecto cómico, la cabeza calva, en cúpula como la de un ábside y la cara muy pequeña en comparación, la nariz rolliza y respingona, y unas barbas undosas que no parecían pertenecer a semejante animado rostro. Su fealdad era objeto de frecuente chacota entre sus amigos, y él mismo cooperaba en el regocijo zumbón. Era pobre y algo haragán. Cantero, o escultor de tres al cuarto, no trabajaba sino lo estrictamente preciso para sustentar a su mujer y sus tres hijos. Prefería charlar con la gente. Y por cuanto la esposa era una señora siempre descontenta, y su lengua el látigo de un carrero enfadado, el placer mayor del mundo para este hombre consistía en verse lejos de su casa.

Se levantaba antes del amanecer, tomaba de prisa un desayuno de pan mojado en vino, se ponía una túnica y sobre ella un manto de tela burda, y escapaba en busca de una tienda, un templo, la casa de un amigo, un baño público, acaso una esquina propicia y familiar…en suma, cualquier sitio en donde poder conversar y discutir. Y no le faltaba ocasión para hacerlo, pues su pueblo adoraba la controversia. La ciudad era Atenas, y el hombre Sócrates.

Sócrates no sólo tenía raro el semblante, sino las maneras y las ideas; y una magnética atracción en la bonachona tenacidad con que a éstas se aferraba. Cierta vez, uno de sus amigos preguntó al Oráculo de Delfos quién era el hombre más sabio de Atenas. Con asombro de todos, la sacerdotisa dio el nombre de aquel holgazán.

“El oráculo -comentó Sócrates- me ha escogido a mí como el más sabio de los atenienses porque soy el único que sabe que no sabe nada”.

Esta actitud de maliciosa socarronería y equívoca humildad le daba tremendas ventajas en la polémica. Le hacía en realidad cargante. Aparentando que no sabía las respuestas, acosaba a sus interlocutores con preguntas, como fiscal en un juicio, y les llevaba a inesperadas y estupendas admisiones.

Sócrates fue el evangelista del razonamiento riguroso. Iba por las calles de Atenas predicando lógica, igual que Jesús iría cuatro siglos después por las villas de Palestina predicando amor. Y lo mismo que Jesús, sin haber escrito en su vida una palabra, ejerció en el pensamiento humano una influencia que millares de libros no habrían podido superar.

Abordaba sin titubeos al más eminente ciudadano, o a un gran orador, o a cualquiera, y le preguntaba si realmente sabía de lo que estaba hablando. Podía suceder que un famoso estadista hubiese acabado de pronunciar una patriótica peroración acerca del valor, de la gloria de morir por la patria; y era muy probable que Sócrates se acercara a él y le dijera:

– Perdón por mi entrometimiento, pero ¿me quieres explicar qué es lo que para ti significa la palabra valor?

– Valor es permanecer uno en su puesto a pesar del peligro -podía ser la concisa réplica.

– Pero ¿vamos a suponer que una buena estrategia exija que te retires?

– ¡Ah! eso es diferente. En tal caso, no debo permanecer allí.

– Entonces, el valor no consiste en permanecer uno en su puesto, ni tampoco en retirarse. ¿Cómo definirías tú el valor?

El orador arruga el entrecejo.

– Me has puesto en apuros. Temo, en efecto, no poder decir exactamente qué es el valor.

– Yo no lo sé tampoco, pero sospecho no pueda ser cosa distinta de saber uno valerse rectamente de su entendimiento: esto es, de hacer lo debido, cueste lo que cueste.

– Me parece que diste en el clavo- dice alguno. Sócrates prosigue:  -¿Convendremos (provisionalmente desde luego, porque esta es cuestión ardua) en que el valor es la obediencia al sereno juicio? Quizás valor sea presencia de ánimo. Y lo opuesto, en este caso ¿será presencia de la emoción, en grado tal que el ánimo desaparece porque el entendimiento se anonada?

Sócrates conocía la virtud del valor, por su propia personal experiencia, y a sus oyentes les constaba que él lo sabía, pues eran notorias, tanto su conducta fría y tesonera en la batalla de Delium, como su gran resistencia física. Proverbial era también su valor moral. Todos recordaban cómo había sido el único ciudadano capaz de desafiar la pública histeria, tras la derrota naval en las Arginusas, cuando se condenó a 10 generales a muerte por su fracaso en rescatar a los soldados que se ahogaban. Sostuvo él tenazmente que procesar o condenar a 10 hombres en grupo (fueran culpables o no) era una injusticia.

El diálogo arriba inserto es, por supuesto, imaginario en sus pormenores, pero ilustra los rasgos esenciales que hicieron que este hombre fascinante y persuasivo, con cara de batracio, cambiara el rumbo de la civilización. Su enseñanza fue que toda buena conducta se desarrolla bajo la guía del entendimiento; que todas las virtudes en el fondo, consisten en la primacía de la inteligencia sobre la emoción.

Nos lo podemos imaginar sugiriendo en sus coloquios que la temperancia es la ruta en que el piloto, la mente humana, tiene que ir timoneando entre la abstinencia y el exceso. El guardar un apropiado equilibrio entre el orgullo y la excesiva humildad (la más difícil de las habilidades acrobáticas) requiere evidentemente, ante todo, fuerte presencia de ánimo. Puede haber ocasiones en que uno deba ofrecer la otra mejilla si le dan una bofetada y ocasiones en que deba contraatacar (de ese modo argumentaba Sócrates) y sólo un hombre de sano juicio sabe cuándo hay que hacer lo uno o lo otro. El acto bueno, en fin, es el acto inteligente y lógico. Además de insistir en la importancia del pensar claro, Sócrates dio el primer gran paso para enseñar al hombre cómo hay que hacerlo. Concibió la idea de que cada opinante empezara por precisar los términos en que concebía el asunto o cuestión. Solía decir: “Antes de que comencemos a discutir, sepamos de qué estamos hablando”. Esto se había dicho sin duda, anteriormente, en conversaciones privadas; pero Sócrates hizo de ello un precepto casi evangélico. A mi parecer, él creía que llegaría la era de la dicha humana, si el hombre aprendía en cada caso a definir claramente las premisas y deducir las legítimas consecuencias. No es cierto que, de obedecer a Sócrates, tamaño avance se consiga, mas sí es cierto que algunos espantosos desastres se pueden evitar. El comunismo, por ejemplo, no habría podido defraudar a tantos millones de incautos, si éstos hubieran primero sometido las mentiras de los bolcheviques y sus vociferaciones emocionales a la clara luz de los interrogatorios socráticos.

Durante las tres generaciones anteriores a Sócrates, los filósofos griegos habían estudiado la naturaleza terrenal y las estrellas, y dado origen al magnífico florecimiento intelectual que ahora llamamos ciencia. Sócrates enfocó la luz del método científico hacia el arte de vivir.

En sus días, el maravilloso mundo de las ciudades-estados griegas y su cultura se extendían por toda la cuenca del Mediterráneo, pasando por el Mar Negro hasta las costas de Rusia. La flota mercante de Grecia dominaba el comercio del Mediterráneo, y sus tropas, dirigidas por hijos eminentes de la gran ciudad comercial de Atenas, habían derrotado a los ejércitos persas. A la metrópoli ateniense afluían de todo el mundo artistas, poetas, científicos, filósofos, estudiantes y maestros. Hombre ricos de países tan distantes como Sicilia, enviaban a sus hijos a seguir a Sócrates en sus paseos y asistir a sus controversias peculiares. El viejo negábase a cobrar ninguna clase de honorarios.

Todas las escuelas filosóficas que brotaron en el mundo griego y romano se enorgullecían de sus fuentes socráticas. Platón fue discípulo de Sócrates, y Aristóteles discípulo de Platón. Y nosotros todavía nos nutrimos de la herencia socrática.

Las enseñanzas de Sócrates acaso no hubieran impresionado tanto a la humanidad si su promotor no hubiese muerto mártir de su idea. Parece extraño y absurdo que se condene a muerte a un hombre meramente por “su innovación de algunas definiciones generales”. Y sin embargo, no podemos sorprendernos de ello, si consideramos el estrago que podía causar en las rancias creencias emocionales esa nueva técnica, seguida tesoneramente hasta sus últimas conclusiones. Dos cargos principales se formularon contra Sócrates: el de no creer en los dioses venerados por la ciudad; y el de ser “corruptor de la juventud”.

No es fácil aclarar exactamente hoy qué era lo que los acusadores del filósofo significaban con esa segunda imputación, pero sí está comprobado que la gente joven le amaba y seguía. El reclamo de la idea nueva, la invitación a pensar por sí mismos, les empujaba hacia él; pero sus padres temían que estuviesen aprendiendo doctrinas subversivas. Ocurrió, además, que uno de sus discípulos, el arrebatado y mudable Alcibíades, se pasó al enemigo durante la guerra con Esparta. No fue culpa de Sócrates. Pero Atenas, en el escozor del descalabro, buscaba víctimas propiciatorias.

A Sócrates le procesó un jurado de 501 ciudadanos que le condenó a muerte por una mayoría de sólo 60 votos. Quizás muy pocos de los jurados esperaban que, efectivamente, la sentencia se cumpliera. Le quedaba al reo el recurso legal de apelar en demanda de pena más suave y exigir nueva votación al respecto. Si hubiera hecho su apelación humildemente, con lamentos e imploraciones, como era la costumbre en casos semejantes, más de 30 de los jurados habrían, sin duda, cambiado el sentido de su voto. Pero él se obstinó en mantenerse racionalmente ecuánime frente a la tragedia.

“Una de las cosas en que yo creo es en el imperio de la ley”, dijo a los discípulos que acudieron a la cárcel para urgirle a la evasión. “El buen ciudadano, como os he predicado tantas veces, obedece las leyes de su ciudad. Las leyes de Atenas me han condenado a muerte, y la inferencia lógica es que, como buen ciudadano, yo debo morir”.

La deducción se les hacía muy fuerte a los anhelosos amigos. ¿No era llevar demasiado lejos las inferencias de las definiciones generales? Pero el viejo se mantuvo firme.

Platón nos ha descrito en su diálogo Fedón la última noche de Sócrates en la tierra. El maestro pasó aquella noche como había pasado tantas otras,  discutiendo sobre filosofía con sus jóvenes amigos. El tema era: ¿existe otra vida después de la muerte? Sócrates inclinábase a la afirmativa, aunque presto a dejarse persuadir por cualquier opinión contraria, y escuchaba con mucha atención las objeciones de algunos de sus discípulos que discrepaban de su punto de vista. Hasta el fin, Sócrates conservó su serenidad y no dejó que la emoción influyera en su razonamiento. Aunque sabía que iba a morir dentro de unas horas, continuó discutiendo desapasionadamente y con toda lucidez sobre la inmortalidad del alma.

Al aproximarse la hora fatal, los discípulos se congregaron alrededor del maestro amado, y prepararon sus corazones para el horror de verle ingerir la cicuta. Sócrates había mandado por ella antes de que el sol traspusiera la cresta de las montañas occidentales. Cuando el sirviente encargado del cruel oficio trajo la copa, Sócrates le dijo en un tono tranquilo y práctico:

– Ahora, tú que estás al tanto de todos los detalles de este asunto, dime lo que tengo que hacer.

– Te bebes la cicuta, te levantas en seguida y das vueltas por la habitación hasta que sientas que las piernas se te entumecen. Entonces te acuestas y el torpor te invadirá hasta llegar al corazón.

Sócrates, deliberada y fríamente, procedió como se le había dicho, tan sólo deteniéndose en su paseo para reprobar a sus amigos por sollozar y llorar como si no estuviese él obrando en forma correcta y razonable. Cuando comenzaron a fallarle las piernas, se acostó. Después de un rato, quitándose el paño con que se había cubierto la cabeza, dijo: “Critón, le debo un gallo a esculapio. Cuídate de que se pague esta deuda”. Estas fueron sus últimas palabras. Cerró los ojos, volvió a cubrirse con el paño, y cuando Critón le preguntó si tenía alguna otra cosa que mandarle, ya no hubo respuesta.

“Así llegó”, dice Platón, que ha descrito aquella escena en palabras inmortales, “el fin de nuestro amigo, que entre todos los hombres que hemos conocido, fue el más bueno, el más justo, el más sabio”.

TOMADO DE: Selecciones del Reader’s Digest, Volumen XXXVIII, Nº 225,  Agosto de 1959. Pp. 91 – 95.

IMPORTANTE: Urania Scenia procura recuperar (de diversas fuentes) artículos de interés discursivo, afín a su temática y abiertos a la consideración de su audiencia; pero no se identifica necesariamente con el total de información y/o puntos de vista expresados en ellos por los autores firmantes. 

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LA ROSA DE PARACELSO (Por Jorge Luis Borges)

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De Quincey: Writings, XIII, 345

En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra. 

El maestro fue el primero que habló.

—Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente —dijo no sin cierta pompa—. No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí? 

—Mi nombre es lo de menos —replicó el otro—. Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes. Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara.

Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó. 

Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:

—Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me
ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo.

—El oro no me importa —respondió el otro—. Estas monedas no son más que una parte
de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el
camino que conduce a la Piedra.

Paracelso dijo con lentitud:

—El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas
palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.

El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:

—Pero, ¿hay una meta?

Paracelso se rió.

—Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me 

llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que
“hay” un Camino.

Hubo un silencio, y dijo el otro:

—Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame
cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros
no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.

—¿Cuándo? —dijo con inquietud Paracelso.

—Ahora mismo —dijo con brusca decisión el discípulo.

Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán.

El muchacho elevó en el aire la rosa.

—Es fama —dijo— que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por
obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi
vida entera.

—Eres muy crédulo —dijo el maestro—. No he menester de la credulidad; exijo la fe.

El otro insistió.

—Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la
resurrección de la rosa.
Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.

—Eres crédulo —dijo—. ¿Dices que soy capaz de destruirla?

—Nadie es incapaz de destruirla —dijo el discípulo.

—Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees
que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de
hierba?

—No estamos en el Paraíso —dijo tercamente el muchacho—; aquí, bajo la luna, todo
es mortal.
Paracelso se había puesto en pie.
—¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el
Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?
—Una rosa puede quemarse —dijo con desafío el discípulo.

—Aún queda fuego en la chimenea —dijo Paracelso—. Si arrojaras esta rosa a las
brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa
es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la
vieras de nuevo.

—¿Una palabra? —dijo con extrañeza el discípulo—. El atanor está apagado y están
llenos de polvo los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?

Paracelo le miró con tristeza.

—El atanor está apagado —repitió— y están llenos de polvo los alambiques. En este
tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.

—No me atrevo a preguntar cuáles son —dijo el otro con astucia o con humildad.

—Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en
que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la
ciencia de la Cábala.

El discípulo dijo con frialdad:

—Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me
importa que operes con alquitaras o con el Verbo.

Paracelso reflexionó. Al cabo, dijo:

—Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus
ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas: Deja, pues, la rosa.

El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:

—Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio?
¿Qué has hecho para merecer semejante don?

El otro replicó, tembloroso:
—Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a
tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré
en el testimonio de mis ojos.

Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la
arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un
instante infinito esperó las palabras y el milagro.

Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:

—Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador.

Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.

El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un
intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes
mágicas eran vanas.

Se arrodilló, y le dijo:

—He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los
creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu
discípulo, y al cabo del Camino veré la rosa.
Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo
maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él,
Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no
había nadie?

Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo
acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido.

Ambos sabían que no volverían a verse.

Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón,
volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La
rosa resurgió.

Tomado de:
Borges, J.L.: “La Memoria de Shakespeare”. 

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