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EL VIOLÍN DE LÓPEZ (Por Fernando Márquez, a propósito del fenómeno del “Desdoblamiento”)

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Yo creo —dijo Luis al gran médico, su profesor en la Facultad de Medicina— que decir misterio es decir ignorancia. La vida está llena de leyendas que no serían tales si las comprendiéramos. Creemos que los hechos son efectos y bien pueden ser causas. En fin, deseo exponerle mi caso aprovechando de que me distingue entre sus discípulos.

Hace tres noches concurrió a mi casa un amigo, también estudiante, el cual está prendado de una joven violinista. Él no es músico ni lo ha sido en su vida, pero actualmente se ha entregado a una devoción singular por la musa Euterpe.

Llegó, decía, alegre, con un violín debajo del brazo, y me dijo que estaba decidido a ser violinista. “Nada hay más que me importe, agregó, fuera de ella y de ese divino arte. Acabo de escuchar un concierto de Von Vecsey. Fui con ella al teatro. No te puedes imaginar nada más grande. Guárdame el violín que lo he comprado hace un momento, y me falta tiempo para ir a su casa. Me espera con su familia a comer. Mañana vendré a contarte de mi felicidad”.

Dejó el instrumento sobre mi cama y marchóse tan de prisa y repentinamente cual había venido. Como me hallaba algo congestionado por el estudio, su visita me distrajo, me hizo bien. Discúlpeme, doctor, si abundo en detalles.

A las diez de la noche regresé de mi paseo habitual y me enfrasqué en los libros hasta las doce. Por costumbre me acosté a esa hora, pues me sentía con una serenidad de ánimo cabal. Tenía una lucidez espiritual tan pura que, en verdad, la desearía en todos los momentos.

Había puesto el violín y el arco sobre mi mesa de trabajo, y también había cerrado la puerta de la pieza con dos vueltas de llave; este hábito lo contraje debido a un vecino ruidoso quien equivocaba las habitaciones motivando querellas.

En el lecho me sumergí en profundas meditaciones sobre la glándola pineal, concentración  que se prolongó por media hora. Miré después a la mesa, y padecí una verdadera sorpresa viendo a López. Estaba a los pies de mi cama. Desde allí se dirigió a la mesa y, levantando el violín y el arco, volvió al mismo lugar.

La llave permanecía en la puerta y la ventana estaba cerrada. Era curioso lo que sucedía. Si él no había entrado, lo que pasaba es que yo estaba padeciendo una alucinación proveniente de la intensa meditación anterior y, en consecuencia, resolví darme cuenta del fenómeno, y encendí un cigarrillo.

Aunque algo extrañado, pude observarle apretando las clavijas y templando el instrumento.

Había gran claridad en la pieza, una abundancia de luz meridiana, y, sin embargo, la bombita eléctrica me parecía negra.

“Oye, Luis, me dijo mi amigo: Von Vecsey ejecutó esto en el teatro”. Mi asombro rayó en estupefacción y comprendí que no estaba alucinado. Para mí aquello era simplemente algo maravilloso. Él, que pocas horas antes no sabía ni solfeo, arpegiaba soberbiamente. Las notas que arrancaba eran más nítidas y delicadas que cuanto yo hubiera oído. Aquella música pareció mecerme en un mundo de ensueño, de magia antigua, de rituales extraños como aquellos que nos cuentan que presenció Luciano, el César, en los templos iniciáticos.

Me hallaba en una hiperestesia completa: me parecía escuchar con los oídos, las manos, los pies y hasta la punta de los cabellos.

Terminó la sinfonía y me dijo: “Ahora improvisaré para ella; oye con atención y dime tu parecer; conozco tu buen gusto”.

Aquello fue enorme. Renuncio a describirlo. Sólo sé que temblaba o vibraba de modo singularísimo, cual si fuera el instrumento mismo, como si las armonías saliesen de mi propio ser. Sentíame orquesta; ¿comprende, doctor? Yo era la substancia sonora de los atiplados sonidos y rugidos de una selva que amaneciera en primavera, más los bruscos rugidos de un vendaval corriendo por los riscos y quebradas de una serranía… Algo inenarrable.

Cuando hubo pasado ese estado dejé caer la mirada en la mesa. El violín y el arco estaban allí.

En ese mismo instante, el vecino de la pieza contigua me golpeó la pared y, con gritos desaforados, me conminó para que lo dejara dormir, pues ya había soportado bastante música.

López, que continuaba tocando sonrió y puso su violín y su arco en el otro violín y en el otro arco, es decir que de cuatro cosas hizo dos, lo cual me parece inexplicable. En vano quise comprender tamaño fenómeno; la cabeza se me fue en confusiones.

Busqué los fósforos, pues el cigarrillo estaba apagado, y me dispuse a interrogar a López.

Encendí, pero ya mi amigo no estaba en la pieza. Lo busqué. Debajo de la cama no había nadie; en el ropero tampoco; la puerta tenía las dos vueltas de llave y la ventana permanecía cerrada.

Yo le aseguro doctor, que no fue un sueño, pues durante la audición, hice caer varias veces la ceniza del cigarrillo.

—¿Está usted seguro, Gómez, de que no hay ninguna entrada disimulada en su dormitorio? —interrogóle el doctor.

—Segurísimo.

—No sé qué pensar, mi joven amigo, o más bien no quiero pensar, porque yo sé que usted es un hombre bien equilibrado.

—Aún no he terminado, mi buen maestro:

No obstante que lo que me acaecía era extraño, no me alarmé. Apagué la luz y me dormí tranquilamente, pues estaba seguro de haber vivido una experiencia que convidaba a soñar.

Cuando a la mañana siguiente, volvía de preguntar al vecino si le había disgustado la serenata, recibiendo por respuesta una serie de maldiciones porque no pudo conciliar el sueño hasta las dos de la mañana, debido a la música, entró exaltado López y me miró intensamente. Fue hacia el violín, lo examinó y, sin musitar palabra, se dirigió hacia la puerta.

Desde allí me dijo: “Discúlpame; no sé lo que está sucediendo. Acabo de tomar profesor de música porque he tenido un sueño con este violín. Estuve aquí, ejecutando de un modo magistral. Tú me escuchabas tan maravillado como yo mismo. ¡Qué estupendo! Pronto vendré a darte pormenores”. Y se fue. ¿Qué opina, doctor?

—Es el primer caso típico de desdoblamiento que conozco. No sé decirle más. Habría que interrogar a su amigo.

—Lo traeré, doctor.

Fernando Márquez.

TOMADO DE: “Teosofía” —Revista Mensual. Año 1, Nº 2, Octubre de 1920. Argentina. Pp. 31 – 33.

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