Archivo de la etiqueta: razonamiento riguroso

“EL HOMBRE MÁS JUSTO Y MÁS SABIO” (Por Max Eastman, a propósito de Sócrates)

Image

La civilización occidental debe mucho a Sócrates,
el evangelista del razonamiento riguroso. 

Era un individuo de aspecto cómico, la cabeza calva, en cúpula como la de un ábside y la cara muy pequeña en comparación, la nariz rolliza y respingona, y unas barbas undosas que no parecían pertenecer a semejante animado rostro. Su fealdad era objeto de frecuente chacota entre sus amigos, y él mismo cooperaba en el regocijo zumbón. Era pobre y algo haragán. Cantero, o escultor de tres al cuarto, no trabajaba sino lo estrictamente preciso para sustentar a su mujer y sus tres hijos. Prefería charlar con la gente. Y por cuanto la esposa era una señora siempre descontenta, y su lengua el látigo de un carrero enfadado, el placer mayor del mundo para este hombre consistía en verse lejos de su casa.

Se levantaba antes del amanecer, tomaba de prisa un desayuno de pan mojado en vino, se ponía una túnica y sobre ella un manto de tela burda, y escapaba en busca de una tienda, un templo, la casa de un amigo, un baño público, acaso una esquina propicia y familiar…en suma, cualquier sitio en donde poder conversar y discutir. Y no le faltaba ocasión para hacerlo, pues su pueblo adoraba la controversia. La ciudad era Atenas, y el hombre Sócrates.

Sócrates no sólo tenía raro el semblante, sino las maneras y las ideas; y una magnética atracción en la bonachona tenacidad con que a éstas se aferraba. Cierta vez, uno de sus amigos preguntó al Oráculo de Delfos quién era el hombre más sabio de Atenas. Con asombro de todos, la sacerdotisa dio el nombre de aquel holgazán.

“El oráculo -comentó Sócrates- me ha escogido a mí como el más sabio de los atenienses porque soy el único que sabe que no sabe nada”.

Esta actitud de maliciosa socarronería y equívoca humildad le daba tremendas ventajas en la polémica. Le hacía en realidad cargante. Aparentando que no sabía las respuestas, acosaba a sus interlocutores con preguntas, como fiscal en un juicio, y les llevaba a inesperadas y estupendas admisiones.

Sócrates fue el evangelista del razonamiento riguroso. Iba por las calles de Atenas predicando lógica, igual que Jesús iría cuatro siglos después por las villas de Palestina predicando amor. Y lo mismo que Jesús, sin haber escrito en su vida una palabra, ejerció en el pensamiento humano una influencia que millares de libros no habrían podido superar.

Abordaba sin titubeos al más eminente ciudadano, o a un gran orador, o a cualquiera, y le preguntaba si realmente sabía de lo que estaba hablando. Podía suceder que un famoso estadista hubiese acabado de pronunciar una patriótica peroración acerca del valor, de la gloria de morir por la patria; y era muy probable que Sócrates se acercara a él y le dijera:

– Perdón por mi entrometimiento, pero ¿me quieres explicar qué es lo que para ti significa la palabra valor?

– Valor es permanecer uno en su puesto a pesar del peligro -podía ser la concisa réplica.

– Pero ¿vamos a suponer que una buena estrategia exija que te retires?

– ¡Ah! eso es diferente. En tal caso, no debo permanecer allí.

– Entonces, el valor no consiste en permanecer uno en su puesto, ni tampoco en retirarse. ¿Cómo definirías tú el valor?

El orador arruga el entrecejo.

– Me has puesto en apuros. Temo, en efecto, no poder decir exactamente qué es el valor.

– Yo no lo sé tampoco, pero sospecho no pueda ser cosa distinta de saber uno valerse rectamente de su entendimiento: esto es, de hacer lo debido, cueste lo que cueste.

– Me parece que diste en el clavo- dice alguno. Sócrates prosigue:  -¿Convendremos (provisionalmente desde luego, porque esta es cuestión ardua) en que el valor es la obediencia al sereno juicio? Quizás valor sea presencia de ánimo. Y lo opuesto, en este caso ¿será presencia de la emoción, en grado tal que el ánimo desaparece porque el entendimiento se anonada?

Sócrates conocía la virtud del valor, por su propia personal experiencia, y a sus oyentes les constaba que él lo sabía, pues eran notorias, tanto su conducta fría y tesonera en la batalla de Delium, como su gran resistencia física. Proverbial era también su valor moral. Todos recordaban cómo había sido el único ciudadano capaz de desafiar la pública histeria, tras la derrota naval en las Arginusas, cuando se condenó a 10 generales a muerte por su fracaso en rescatar a los soldados que se ahogaban. Sostuvo él tenazmente que procesar o condenar a 10 hombres en grupo (fueran culpables o no) era una injusticia.

El diálogo arriba inserto es, por supuesto, imaginario en sus pormenores, pero ilustra los rasgos esenciales que hicieron que este hombre fascinante y persuasivo, con cara de batracio, cambiara el rumbo de la civilización. Su enseñanza fue que toda buena conducta se desarrolla bajo la guía del entendimiento; que todas las virtudes en el fondo, consisten en la primacía de la inteligencia sobre la emoción.

Nos lo podemos imaginar sugiriendo en sus coloquios que la temperancia es la ruta en que el piloto, la mente humana, tiene que ir timoneando entre la abstinencia y el exceso. El guardar un apropiado equilibrio entre el orgullo y la excesiva humildad (la más difícil de las habilidades acrobáticas) requiere evidentemente, ante todo, fuerte presencia de ánimo. Puede haber ocasiones en que uno deba ofrecer la otra mejilla si le dan una bofetada y ocasiones en que deba contraatacar (de ese modo argumentaba Sócrates) y sólo un hombre de sano juicio sabe cuándo hay que hacer lo uno o lo otro. El acto bueno, en fin, es el acto inteligente y lógico. Además de insistir en la importancia del pensar claro, Sócrates dio el primer gran paso para enseñar al hombre cómo hay que hacerlo. Concibió la idea de que cada opinante empezara por precisar los términos en que concebía el asunto o cuestión. Solía decir: “Antes de que comencemos a discutir, sepamos de qué estamos hablando”. Esto se había dicho sin duda, anteriormente, en conversaciones privadas; pero Sócrates hizo de ello un precepto casi evangélico. A mi parecer, él creía que llegaría la era de la dicha humana, si el hombre aprendía en cada caso a definir claramente las premisas y deducir las legítimas consecuencias. No es cierto que, de obedecer a Sócrates, tamaño avance se consiga, mas sí es cierto que algunos espantosos desastres se pueden evitar. El comunismo, por ejemplo, no habría podido defraudar a tantos millones de incautos, si éstos hubieran primero sometido las mentiras de los bolcheviques y sus vociferaciones emocionales a la clara luz de los interrogatorios socráticos.

Durante las tres generaciones anteriores a Sócrates, los filósofos griegos habían estudiado la naturaleza terrenal y las estrellas, y dado origen al magnífico florecimiento intelectual que ahora llamamos ciencia. Sócrates enfocó la luz del método científico hacia el arte de vivir.

En sus días, el maravilloso mundo de las ciudades-estados griegas y su cultura se extendían por toda la cuenca del Mediterráneo, pasando por el Mar Negro hasta las costas de Rusia. La flota mercante de Grecia dominaba el comercio del Mediterráneo, y sus tropas, dirigidas por hijos eminentes de la gran ciudad comercial de Atenas, habían derrotado a los ejércitos persas. A la metrópoli ateniense afluían de todo el mundo artistas, poetas, científicos, filósofos, estudiantes y maestros. Hombre ricos de países tan distantes como Sicilia, enviaban a sus hijos a seguir a Sócrates en sus paseos y asistir a sus controversias peculiares. El viejo negábase a cobrar ninguna clase de honorarios.

Todas las escuelas filosóficas que brotaron en el mundo griego y romano se enorgullecían de sus fuentes socráticas. Platón fue discípulo de Sócrates, y Aristóteles discípulo de Platón. Y nosotros todavía nos nutrimos de la herencia socrática.

Las enseñanzas de Sócrates acaso no hubieran impresionado tanto a la humanidad si su promotor no hubiese muerto mártir de su idea. Parece extraño y absurdo que se condene a muerte a un hombre meramente por “su innovación de algunas definiciones generales”. Y sin embargo, no podemos sorprendernos de ello, si consideramos el estrago que podía causar en las rancias creencias emocionales esa nueva técnica, seguida tesoneramente hasta sus últimas conclusiones. Dos cargos principales se formularon contra Sócrates: el de no creer en los dioses venerados por la ciudad; y el de ser “corruptor de la juventud”.

No es fácil aclarar exactamente hoy qué era lo que los acusadores del filósofo significaban con esa segunda imputación, pero sí está comprobado que la gente joven le amaba y seguía. El reclamo de la idea nueva, la invitación a pensar por sí mismos, les empujaba hacia él; pero sus padres temían que estuviesen aprendiendo doctrinas subversivas. Ocurrió, además, que uno de sus discípulos, el arrebatado y mudable Alcibíades, se pasó al enemigo durante la guerra con Esparta. No fue culpa de Sócrates. Pero Atenas, en el escozor del descalabro, buscaba víctimas propiciatorias.

A Sócrates le procesó un jurado de 501 ciudadanos que le condenó a muerte por una mayoría de sólo 60 votos. Quizás muy pocos de los jurados esperaban que, efectivamente, la sentencia se cumpliera. Le quedaba al reo el recurso legal de apelar en demanda de pena más suave y exigir nueva votación al respecto. Si hubiera hecho su apelación humildemente, con lamentos e imploraciones, como era la costumbre en casos semejantes, más de 30 de los jurados habrían, sin duda, cambiado el sentido de su voto. Pero él se obstinó en mantenerse racionalmente ecuánime frente a la tragedia.

“Una de las cosas en que yo creo es en el imperio de la ley”, dijo a los discípulos que acudieron a la cárcel para urgirle a la evasión. “El buen ciudadano, como os he predicado tantas veces, obedece las leyes de su ciudad. Las leyes de Atenas me han condenado a muerte, y la inferencia lógica es que, como buen ciudadano, yo debo morir”.

La deducción se les hacía muy fuerte a los anhelosos amigos. ¿No era llevar demasiado lejos las inferencias de las definiciones generales? Pero el viejo se mantuvo firme.

Platón nos ha descrito en su diálogo Fedón la última noche de Sócrates en la tierra. El maestro pasó aquella noche como había pasado tantas otras,  discutiendo sobre filosofía con sus jóvenes amigos. El tema era: ¿existe otra vida después de la muerte? Sócrates inclinábase a la afirmativa, aunque presto a dejarse persuadir por cualquier opinión contraria, y escuchaba con mucha atención las objeciones de algunos de sus discípulos que discrepaban de su punto de vista. Hasta el fin, Sócrates conservó su serenidad y no dejó que la emoción influyera en su razonamiento. Aunque sabía que iba a morir dentro de unas horas, continuó discutiendo desapasionadamente y con toda lucidez sobre la inmortalidad del alma.

Al aproximarse la hora fatal, los discípulos se congregaron alrededor del maestro amado, y prepararon sus corazones para el horror de verle ingerir la cicuta. Sócrates había mandado por ella antes de que el sol traspusiera la cresta de las montañas occidentales. Cuando el sirviente encargado del cruel oficio trajo la copa, Sócrates le dijo en un tono tranquilo y práctico:

– Ahora, tú que estás al tanto de todos los detalles de este asunto, dime lo que tengo que hacer.

– Te bebes la cicuta, te levantas en seguida y das vueltas por la habitación hasta que sientas que las piernas se te entumecen. Entonces te acuestas y el torpor te invadirá hasta llegar al corazón.

Sócrates, deliberada y fríamente, procedió como se le había dicho, tan sólo deteniéndose en su paseo para reprobar a sus amigos por sollozar y llorar como si no estuviese él obrando en forma correcta y razonable. Cuando comenzaron a fallarle las piernas, se acostó. Después de un rato, quitándose el paño con que se había cubierto la cabeza, dijo: “Critón, le debo un gallo a esculapio. Cuídate de que se pague esta deuda”. Estas fueron sus últimas palabras. Cerró los ojos, volvió a cubrirse con el paño, y cuando Critón le preguntó si tenía alguna otra cosa que mandarle, ya no hubo respuesta.

“Así llegó”, dice Platón, que ha descrito aquella escena en palabras inmortales, “el fin de nuestro amigo, que entre todos los hombres que hemos conocido, fue el más bueno, el más justo, el más sabio”.

TOMADO DE: Selecciones del Reader’s Digest, Volumen XXXVIII, Nº 225,  Agosto de 1959. Pp. 91 – 95.

IMPORTANTE: Urania Scenia procura recuperar (de diversas fuentes) artículos de interés discursivo, afín a su temática y abiertos a la consideración de su audiencia; pero no se identifica necesariamente con el total de información y/o puntos de vista expresados en ellos por los autores firmantes. 

Anuncios
Etiquetado , , , , , , , ,