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EL MILAGRO DE JUANA DE ARCO (Por Louise Redfield Peattie)

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 “Juana de Arco”
(Jules Bastien-Lepage, 1879)

Para la mayoría de nosotros, Juana de Arco es una leyenda, el poema heroico de una pastorcilla que oía voces sobrenaturales y de ellas recibió la misión de salvar a su patria. Pero la tradición no es más que la sombra de la verdad. No había nada de sobrenatural en Juana; era una muchacha sólidamente real, una campesina de la dulce tierra francesa que ni siquiera constituía una nación unificada cuando ella fue inspirada a la batalla con el inmortal pendón de la flor de lis de Francia.

Han transcurrido cinco siglos* desde que Juana murió en la hoguera de Ruán. ¿Por qué, pues, habremos de recordarla hoy?

Porque su vida encarna la guerra multisecular entre el bien y el mal, que prosigue y se renueva eternamente. Aquellos que tomen parte en esa lucha combatirán mejor si conocen a la Doncella de Orleáns. Murió condenada como pecadora y hereje, pero la posteridad la venera como santa inmortal, vencedora suprema de las fuerzas de las tinieblas que, aunque la destruyeron materialmente, no lograron destruir el símbolo de verdad y de valor que representa.

Cuando nació Juana el año 1412 en la aldea lorenesa de Domrémy, un huracán sangriento azotaba a Francia, cuya corona reclamaban los reyes de Inglaterra desde hacía tres cuartos de siglo en la que habría de llamarse Guerra de Cien Años, y gran parte de cuyo territorio estaba bajo el dominio del Duque de Borgoña, aliado de los ingleses. Sólo el resto del país era leal al Delfín Carlos, heredero del trono francés, que no había sido coronado aún.

Juana sintió cuando era niña los efectos de aquel huracán, pues frente a su rústica morada corría el antiguo camino romano que cruzaba el río Mosa y por el cual pasaban bandas de hombres armados o frailes ambulantes que al hacer un breve alto hablaban de los crímenes y saqueos que habían visto y lamentaban la debilidad del Delfín que le impedía ser un rey de verdad y hacer una nación unida de esa tierra despedazada.

A los doce años, Juana era una niña devota, de recia complexión y negra cabellera, a quien nada notable había sucedido. Un día que estaba en el huerto de su padre, se vio rodeada por una intensa claridad de la cual surgían una alas resplandecientes y un rostro glorioso, mientras una voz se dirigía a ella. Cayó aterrada de hinojos, pues comprendió que era el Arcángel Miguel, santo patrono del Delfín y venerado por los franceses. No estaba solo, según diría ella más tarde, sino “acompañado de ángeles celestiales”. Y Juana añade: “Me anunció que Santa Catalina y Santa Margarita vendrían a mí y que yo debía seguir sus instrucciones, pues tal era la voluntad de Nuestro Señor”.

En los cuatro o cinco años que siguieron, las santas le hablaron a menudo, pero Juana no dijo una palabra de ello a nadie y continuó tranquila su vida de pastora, con la convicción no menos serena de que estaba en contacto con Dios. En 1428, los ingleses pusieron sitio a Orleáns, y poco después el Arcángel se apareció a Juana, que tenía por entonces 16 años, y declaró que Dios le mandaba ir en auxilio del Delfín y levantar el asedio: “La voz me ordenó que fuese a ver en Vaucouleurs a Robert de Baudricourt, capitán de la ciudad, quien me daría una partida de soldados para acompañarme”.

Sin revelar nada a sus padres, la jovencita se dirigió a Vaucouleurs, a unos 16 kilómetros de su aldea, se presentó dos veces a Baudricourt y le dijo que tenía la misión divina de llevar al Delfín a Reims para que fuese coronado; las dos veces fue despedida sin miramientos pero ella no cedió y volvió a insistir, hasta que impresionado finalmente por su aplomo, Baudricourt le dio un caballo, la guardia militar y las ropas de hombre que pedía.

Juana se hizo cortar el cabello al estilo masculino, se puso en camino al oír que sus voces le decían: “¡Ve adelante sin temor!” y pronto se alejó de los parajes familiares de su infancia. Era de noche y marchaba a través de territorio enemigo, en busca de su destino. Al llegar cerca de Chinon, donde se encontraba el Delfín, envió un mensajero al castillo para anunciar su arribo. Carlos, que era un joven tímido y vacilante, la recibió pero recurrió a una treta para desconcertarla. Cuando la muchacha campesina entró en el salón de honor, magníficamente iluminado por antorchas y lleno de cortesanos, el Delfín se había ocultado entre éstos, modestamente vestido. Juana fue hacia él sin vacilar y se prosternó; entonces Carlos señaló a uno de los circunstantes y dijo:

—El Rey es aquel.

Juana no se dejó engañar y repuso con suave energía:

—En el nombre de Dios, noble príncipe, el rey eres tú y nadie más.

Y agregó que Dios la había enviado para ayudarle a él y a su reino y conseguir que fuese ungido en la catedral de Reims. Mientras los demás miraban atónitos, Carlos habló largamente con la niña y se vio resplandecer su semblante ante las respuestas de ella. Todavía vacilaba, no obstante, por temor de que Juana fuese instrumento de alguna potencia diabólica, y la hizo interrogar por eruditos clérigos de Poitiers y examinar por varias damas de la corte para comprobar si era virgen, basado en el concepto de que el primer acto de una mujer al convertirse en bruja era tomar por amante al Diablo. La conclusión a que llegaron solemnemente unos y otras fue que Juana era pura de cuerpo y alma.

Toda esta demora impacientaba a la joven, quien dijo al indeciso Delfín, con palabras reveladoras de una extraña y previsora sabiduría:

—Sólo duraré un año y algo más. En ese año debemos hacer una buena obra.

“Hija de Dios”. Carlos reunió entonces un ejército y dio una armadura de acero bruñido a Juana, y ésta ordenó que en una capilla consagrada a Santa Catalina se buscase detrás del altar una espada que debía estar enterrada allí. Se la llevaron, en efecto, cubierta de herrumbre, pero una vez en su mano muy pronto refulgió como nueva. Luego mandó a hacer un estandarte blanco con orla de seda y salpicado con flores de lis, que tuviera una imagen del Redentor con un ángel a cada lado. Llevando ese pendón, la “Hija de Dios”, como la llamara el Arcángel Miguel, se puso al frente de la soldadesca.

Seis meses hacía que Orleáns, plaza decisiva en la campaña de los ingleses para abrirse paso al valle del Loira, era sitiada por éstos, que habían construido una docena de baluartes en torno a la ciudad. La defensa de uno de esos bastiones consistía en una gran muralla de piedra de nueve metros de altura, reforzada con poderosas torres. Al llegar allí, Juana dictó una carta que hizo atar a una flecha y lanzar por encima de la muralla y que decía:

“El Rey de los Cielos os envía por mí, Juana la Doncella, orden y aviso de que abandonéis vuestros fuertes y regreséis a vuestro país. Si no lo hacéis, alzaré contra vosotros un llamado a la lucha que será recordado para siempre”.

Triunfo. En la edad media, la guerra se libraba mediante combates cuerpo a cuerpo con lanza y espada, mazo y hacha, en una lucha confusa, y a ella se lanzó Juana con su caballo para levantar el sitio. Logró tomar con sus compañeros uno de los reductos, y dos días más tarde atacaron la fortaleza principal, pero en el momento que iba a trepar por una escala apoyada en el muro, la flecha de un arquero fue a darle en el pecho; llevada de allí, con sus propias manos se arrancó la saeta. Era el anochecer y las trompetas daban la señal de retirada, pero Juana se puso de pie y pronto vieron los soldados flamear su banderola y la oyeron gritar:

—¡Habéis ganado la jornada! ¡Entrad!

La siguieron en su audaz carrera hacia el bastión, por el cual trepó nuevamente, y poco después caía el baluarte en su poder. Orleáns estaba salvada.

La Doncella cruzó por las calles entre el repicar de las campanas. Sólo entonces hizo vendar su herida y tomó alimento: cinco tajadas de pan remojadas en vino y agua. Así terminaron los breves días en que una niña de diecisiete años reanimó el coraje del ejército francés y cambió en curso de la Guerra de Cien Años.

Si bien obsesionado por el sueño de su coronación, que Juana le había trasfundido, Calos volvía a sus vacilaciones, hasta que ella le imploró:

—Noble Delfín, no celebres tantos y tan largos consejos. Ven con la mayor presteza posible a Reims a tomar la corona.

Pues veía que sólo así se consolidaría la unidad de Francia y quedarían burladas las pretensiones de Inglaterra. El camino a Reims cruzaba ciudades ocupadas por el enemigo, pero Juana no conocía el miedo. Su pendón ondeaba en lo más reñido de la pelea y su voz repetía:

—¡Avanzad con valor! ¡Todo saldrá bien!

Reims se dispuso apresuradamente a recibir al Delfín, y una hermosa mañana de verano, el 17 de julio de 1429, Carlos se dirigió a la Catedral a la cabeza de un espléndido cortejo. Junto a su trono estaba Juana de pie. Menos de cinco meses habían pasado desde que saliera de Domrémy.

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Juana de Arco en la Coronación
de Carlos VII, en la Catedral de Reims
(Dominique Ingres, 1854)

Coronado por fin, Carlos VII sintió que no le era tan necesaria ya la Doncella y, en vez de atender a sus instancias de que marchara sin demora sobre París, escuchaba a los consejeros celosos de ella. Con todo, llegó el momento de reanudar de mala gana la campaña. Juana iba al frente de las fuerzas reales en la toma de una ciudad tras otra. Sin embargo, el ataque a uno de los fuertes de París fracasó y la joven fue herida en el muslo por una flecha.

Durante la semana de Pascua de 1430, las voces llevaron a Juana el funesto anuncio de que sería apresada por el enemigo. Siguió, sin embargo, a la vanguardia del ataque, hasta que en un combate entablado en el puente levadizo de Compiègne se encontró encerrada entre los ingleses y los borgoñeses; manos hostiles se apoderaron de su caballo y luego de ella misma. La Doncella de Orleáns había caído prisionera.

El hombre al que Juana había hecho rey de Francia no movió al parecer un dedo para ayudarla. Fue encerrada en el castillo de un noble borgoñón y allí se enteró de que estaban celebrándose negociaciones para entregarla a los ingleses; desesperada, se arrojó desde una elevada torre para tratar de huir y, aunque pudo matarse, se salvó para pedir arrepentida perdón.

Traición. Mientras tanto se preparaba una trampa mediante cartas enviadas al duque de Borgoña por los clérigos de la Universidad de París, simpatizantes de aquel, y el plan se cumplió con el pago de una fuerte suma a los carceleros, que entonces la entregaron al Obispo de Beauvais, Pierre Cauchon, un hombre astuto y ambicioso, vendido a los ingleses. La apertura de un proceso a Juana por herejía se presentaba favorable a sus intereses, no menos que a los de los ingleses, quienes querían aparentar que permanecían ajenos al asunto. Por tanto, como el juicio a desarrollarse en Ruán tendría carácter religioso y no político, Cauchón eligió con habilidad los jueces eclesiásticos que compondrían el tribunal. Además, no se designó a nadie para que defendiera a Juana ni se llamó testigo alguno en favor suyo, y Cauchón era tan poderoso que nadie se atrevió a alzar la voz en su defensa.

He aquí, pues, que esta campesina analfabeta de diecinueve años se yergue sola, abandonada, frente al impresionante tribunal de eruditos en leyes humanas y sagradas. Debe hablar por sí misma y cada pregunta, cada contestación, son puestas por escrito. Eso nos permite oír su voz a través de los siglos:

—Vos decís que sois mi juez. Meditad bien lo que hacéis, pues en verdad soy enviada por Dios y os ponéis en grave peligro.

Bajo el apremiante interrogatorio, Juana hizo sin reservas el relato de su breve y singular existencia. En ningún momento admitió haber cometido herejías y siempre sostuvo que cuanto hiciera respondía a la voluntad divina. Le mostraron los ominosos instrumentos de tortura y no flaqueó:

—En verdad, aunque me arrancaseis un miembro tras otro no diría otra cosa.

La amenazaron con quemarla y contestó:

—Aunque viese la hoguera, seguiría diciendo todo lo que he dicho.

(“¡Magnífica respuesta!”, garrapateó el actuario al margen.)

La acosaron con las más contrarias preguntas y ni una sola vez vaciló en la convicción que presidía su vida:

—Tengo un buen señor, que es Dios Nuestro Señor, a quien obedezco, y a nadie más.

Pero el intrigante Cauchon no permitió que las firmes y honradas respuestas de Juana decidieran su suerte y en cambio hizo reducir sus declaraciones, de una verdad transparente, a doce artículos impersonales y deformados, que presentó a los jueces como base para las deliberaciones. Y aquellos ilustres representantes de Dios, sometidos todos servilmente al obispo, dictaron el fallo que él quería.

De esta forma, un luminoso día de mayo, la joven, que parecía un tierno adolescente en sus vestimentas oscuras de varón, fue sacada de su celda y, parpadeante bajo la brillante luz del sol, llevada a oír su sentencia. Los testimonios de lo que sucedió después son confusos y contradictorios; lo cierto es que se mostró y leyó un documento a la muchacha “que no sabía distinguir la A de la B” y se le dijo:

—Firma, o morirás quemada.

Con una extraña sonrisa, la Doncella puso una marca al pie del escrito. Pensó que ya estaba segura y confiando en la Iglesia de que era hija fiel dijo:

—Vosotros, hombres de iglesia, llevadme a vuestra prisión, y no me dejéis más en manos de los ingleses.

Debió ser muy amargo para ella ver que la conducían a la misma celda. Al prometérsele que se le permitiría oír misa a condición de ponerse ropas de mujer, accedió a hacerlo, pero mientras dormía sus guardianes se llevaron el vestido y se vio obligada a salir de nuevo con su traje masculino hecho jirones.

Fatal respuesta. Por tal “pecado” fue declarada hereje relapsa, la peor sentencia que pudiera pronunciarse, y para sellar su suerte, Cauchon le preguntó si había vuelto a oír sus voces. Juana respondió que sí y que le reprochaban haber firmado, fuese lo que fuese.

—Todo lo que entonces dije al retractarme, fue por temor a la hoguera. (“¡Fatal respuesta!”, anotó ahora el escribiente al margen.)

Pero su valor no desfalleció.

—Por la gracia de Dios, esta noche estaré en el Paraíso —dijo, y pidió la comunión.

Por raro que parezca, Cauchon accedió a esta última petición. ¿Sabía que su víctima era inocente? En todo caso, ella sabía que él era culpable.

—¡Obispo, muero por tu culpa! —le arrojó a la cara.

En la mañana del 30 de mayo de 1431, le raparon la cabeza, le pusieron una túnica y la llevaron a la plaza del mercado de Ruán, atestada de gente. Después que Cauchon leyó la sentencia, le pusieron en la cabeza una mitra de papel, con grandes letras que decían: Hereje, Pecadora, Relapsa, Apóstata, Idólatra. Pidió una cruz y uno de los arqueros ingleses improvisó con dos ramitas una, que Juana se llevó al pecho, mientras otro hombre corría a la iglesia en busca de un crucifijo que ella besó. Luego subió a la elevada pila de leños, con los ojos puestos en el símbolo de la Redención; pronto se alzaron las llamas y la envolvieron. Sólo su voz llegaba hasta la callada muchedumbre, en plegarias, en gemidos y en un grito postrero de agonía y de amor:

—¡Jesús!

Se dice que uno de los ingleses, lanzándose entre la multitud, gritó:

—¡Estamos perdidos! ¡Hemos quemado a una santa!

Unos cinco lustros más tarde, Carlos VII entabló un procedimiento para que los tribunales eclesiásticos la rehabilitaran y, llegado el momento, la Iglesia a que siempre fuera Juana fiel y que la había condenado, la declaró inocente. Finalmente, en 1920 la canonizó. Pero 500 años atrás hubo quienes supieron que en medio de ellos vivía una santa. Y eso completa el milagro.

Louise Redfield Peattie

TOMADO DE: Selecciones del Reader’s Digest, Volumen L, Nº 297,  Agosto de 1965. Pp. 88 – 94.

* A la fecha (abril de 2013), contabilizaríamos el tiempo en seis siglos. [Urania Scenia]

** Éste es uno de los últimos artículos escritos por la novelista Louise Redfield Peattie, que falleció el 19 de febrero último, sólo tres meses después de morir su marido, el prestigioso escritor Donald Culross Peattie. [Nota de edición de revista]

IMPORTANTE: Urania Scenia procura recuperar (de diversas fuentes) artículos de interés discursivo, afín a su temática y abiertos a la consideración de su audiencia; pero no se identifica necesariamente con el total de información y/o puntos de vista expresados en ellos por los autores firmantes. 

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