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De cómo un chico se libró del amante de su madre (cuento tibetano)

Érase una vez un padre

Érase una vez una madre.

Érase una vez un hijo.

Era una familia que se componía del padre, la madre y el hijo.

Un día el padre emprendió un viaje de comercio.

Mientras el padre estaba ausente, la madre se buscó otro hombre, un amante.

El hijo lo sabía.

Una noche, cuando el hijo dormía como siempre con su madre en una cama, vino el otro hombre. También a  él lo acogió la madre en su lecho. Bajo una manta dormían tres personas en una misma cama.

Una noche, mientras yacían los tres juntos, dijo el hijo: “¡Ama!”

“Ah…” —dijo la madre.

“¡Qué raro!  Tú y yo, nosotros dos, tenemos seis rodillas. ¿No es extraño?”

Así dio a entender el hijo de forma indirecta que sabía lo que estaba pasando.

La madre le dijo a su amante: “¡Mi hijo sabe lo que pasa! ¡Se lo contará a su padre! ¡Será mejor que le mates mañana! ¡Mañana enviaré al chico a la montaña y allí tú le matarás!”.

“Bien” —dijo el hombre.

“Sí” —continuó diciendo la madre—, “es mejor así. Si no, se lo contará a su padre y éste te matará. ¡Por eso, mata tú mañana a mi hijo!”

“Bien” —dijo el hombre.

A la mañana siguiente, la madre preparó unas tripas e hizo con ellas unas salchichas. Le dio dos al chico y le dijo: “¡Cógelas y sube a la montaña! ¡Haz una hoguera y asa las salchichas! ¡Pásatelo bien! ¡Ve a la montaña y pásatelo bien!”.

El muchacho fue a la montaña. Mientras mataba el tiempo pensó para sí: “¿Por qué no viene? Mi madre le ha dicho: ¡Mátale!”

El hombre no se hizo esperar mucho tiempo. “Eh, muchacho. ¿Qué haces aquí?” —preguntó.

“Oh” —dijo el muchacho— “estoy comiendo tripas”.

“¿De quién son las tripas?” —quiso saber el hombre.

“Son tripas de persona, tripas de hombre” —respondió el muchacho.

“¿Tripas de persona, de hombre? ¿De dónde las has sacado?”

Entonces contó el muchacho: “¿Sabes? Mi madre lo hace así: vuelve locos a los hombres hasta que éstos se enamoran. Entonces les saca los intestinos y los mata, y con sus intestinos hace estas salchichas. ¿Ves? Esta tripa está llena de intestinos”.

“Hasta que los hombres no están realmente enamorados” —siguió explicando el muchacho—“no les saca el intestino. Pero les vuelve locos durante mucho tiempo, hasta que se enamoran. Entonces los lleva a la cama, los lleva muchas, muchas noches a su cama. Y entonces, un día, cuando yacen juntos amorosamente, les arranca las tripas…

“Después, en algún momento, me da estas salchichas. Están muy ricas. ¡Toma! Si quieres probar ¡come!”

El muchacho dijo para sí: “¡Qué madre tan horrible tengo…!”

Exagerando aún más la cosa, añadió: “Se dice que mi madre es una diablesa”.

El hombre pensó: “Es verdaderamente una madre horrible. Será mejor que no vaya más a verla. No tiene sentido matar al muchacho”. Dejó vivir al muchacho.

Al atardecer, la madre vio al muchacho bajar la montaña.

“Le dije: “¡Mata al niño!”. No le ha matado, le ha enviado de vuelta a casa. ¿O acaso ni siquiera ha ido?” La madre se preocupó.

Le preguntó al muchacho: “Hijo, ¿te has encontrado hoy a alguien en la montaña?”

“Oh, madre, había un hombre extraño. El hombre tenía trenzas en el ano… ¡es muy raro!”

“¿Qué dices?”

“Madre, tenía trenzas en el ano. Pero no sólo eso, estaban adornadas con ónix y corales. Madre, de verdad, tenía trenzas en el ano”.

“¿Cómo es posible?” —pensó la madre.

“¿Qué aspecto tenía el hombre?” —quería saber.

El muchacho describió al hombre.

“Según su descripción podría haber sido él” —pensó la madre—. “Pero evidentemente no ha reconocido a mi amante”.

El hombre volvió por la noche puesto que había cambiado de parecer.

“¡No has matado al muchacho! ¿Por qué no lo has hecho?” —quiso saber la madre.

“Oh” —respondió el hombre— “busqué al niño una y otra vez, pero no lo encontré”

Puesto que el muchacho había dicho que la madre destripaba a sus amantes, no quería decir la verdad.

Había vuelto porque quería descubrir si el muchacho le había mentido o no.

“Si me quiere arrancar el intestino, la mataré” —pensó—. “¡Tendré cuidado!”

Por la noche durmió con la madre.

La madre pensó: “El muchacho dijo que el hombre tenía trenzas en el ano. Que se había hecho trenzas, y que en ellas había escondido ónix y corales…!” Lentamente la madre fue palpando y cogió al hombre por el ano.

“¡Ladrona, ladrona de tripas, ya me cuidaré de que no consigas las mías!” —gritó el hombre, se levantó de un salto y salió corriendo.

A partir de ese día no volvió a atreverse a visitar a la madre del muchacho.

Así se libró el muchacho del amante de su madre.

Era un muchacho listo.

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FUENTE: “Cuentos eróticos y mágicos de mujeres nómadas tibetanas”.

Relatora: Djangden, joven nómada oriunda de Nangchen (provincia de Qinghai).

Edición a cargo de Margret Causemann.

Editorial Paidós, 1996, r. 1998.

Pp. 127-30.

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