LA ROSA DE PARACELSO (Por Jorge Luis Borges)

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De Quincey: Writings, XIII, 345

En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra. 

El maestro fue el primero que habló.

—Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente —dijo no sin cierta pompa—. No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí? 

—Mi nombre es lo de menos —replicó el otro—. Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes. Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara.

Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó. 

Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:

—Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me
ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo.

—El oro no me importa —respondió el otro—. Estas monedas no son más que una parte
de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el
camino que conduce a la Piedra.

Paracelso dijo con lentitud:

—El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas
palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.

El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:

—Pero, ¿hay una meta?

Paracelso se rió.

—Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me 

llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que
“hay” un Camino.

Hubo un silencio, y dijo el otro:

—Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame
cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros
no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.

—¿Cuándo? —dijo con inquietud Paracelso.

—Ahora mismo —dijo con brusca decisión el discípulo.

Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán.

El muchacho elevó en el aire la rosa.

—Es fama —dijo— que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por
obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi
vida entera.

—Eres muy crédulo —dijo el maestro—. No he menester de la credulidad; exijo la fe.

El otro insistió.

—Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la
resurrección de la rosa.
Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.

—Eres crédulo —dijo—. ¿Dices que soy capaz de destruirla?

—Nadie es incapaz de destruirla —dijo el discípulo.

—Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees
que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de
hierba?

—No estamos en el Paraíso —dijo tercamente el muchacho—; aquí, bajo la luna, todo
es mortal.
Paracelso se había puesto en pie.
—¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el
Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?
—Una rosa puede quemarse —dijo con desafío el discípulo.

—Aún queda fuego en la chimenea —dijo Paracelso—. Si arrojaras esta rosa a las
brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa
es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la
vieras de nuevo.

—¿Una palabra? —dijo con extrañeza el discípulo—. El atanor está apagado y están
llenos de polvo los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?

Paracelo le miró con tristeza.

—El atanor está apagado —repitió— y están llenos de polvo los alambiques. En este
tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.

—No me atrevo a preguntar cuáles son —dijo el otro con astucia o con humildad.

—Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en
que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la
ciencia de la Cábala.

El discípulo dijo con frialdad:

—Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me
importa que operes con alquitaras o con el Verbo.

Paracelso reflexionó. Al cabo, dijo:

—Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus
ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas: Deja, pues, la rosa.

El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:

—Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio?
¿Qué has hecho para merecer semejante don?

El otro replicó, tembloroso:
—Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a
tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré
en el testimonio de mis ojos.

Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la
arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un
instante infinito esperó las palabras y el milagro.

Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:

—Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador.

Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.

El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un
intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes
mágicas eran vanas.

Se arrodilló, y le dijo:

—He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los
creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu
discípulo, y al cabo del Camino veré la rosa.
Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo
maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él,
Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no
había nadie?

Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo
acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido.

Ambos sabían que no volverían a verse.

Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón,
volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La
rosa resurgió.

Tomado de:
Borges, J.L.: “La Memoria de Shakespeare”. 

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VERDADERO Y FALSO YOGA (por Julia A. de la Gamma, en el contexto de: LAS CONFERENCIAS DEL DOCTOR JINARAJADASA)

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Para facilitar la comprensión de este hermoso y profundo trabajo del filósofo hindú, creemos conveniente dividirlo en dos partes: 1º. Qué es Yoga. 2º. Distinción entre el verdadero y falso Yoga.

A la primera pregunta ¿qué es Yoga?, responde escuetamente así: “la unión del hombre con Dios”.

Para entender cómo se realiza esta unión, el doctor Jinarajadasa cree necesario penetrar el significado de los vocablos Nirvana, Karma y Yoga, cuyos conceptos unidos dan una idea acabada de lo que representa dicha unión.

La palabra Nirvana fue considerada primitivamente por los occidentales como sinónimo de aniquilación, y muchos diccionarios mantienen aún este erróneo concepto. El conferencista no tiene, al parecer, mayor interés en definirla correctamente, aunque bien sabemos que hay conceptos que escapan a toda definición. Además el doctor Jinarajadasa, como todos los líderes del movimiento teosófico, desean que los hombres, aun cuando hayan alcanzado esa Meta Suprema, la total liberación de las cadenas del sufrimiento, entrando en un estado de felicidad que no es aniquilación o extinción sino Consciencia Plena de la Realidad, absorción en el Espíritu Universal, conservando la individualidad, renuncien a gozar de dicha bienaventuranza con el propósito de ayudar a liberarse a los demás hombres.

Él mismo lo ha expresado en los siguientes términos que ponen de manifiesto toda la grandeza de su alma: “Trabajaré afanosamente yo que puedo ser libre; porque para mí no puede existir la liberación mientras aquellos a quienes amo no sean liberados”.

Un Maestro hindú ha calificado el Nirvana como “un estado de bienaventuranza egoísta”.

La palabra Karma deriva del sánscrito y significa “acción” o “hecho”. Emerson la definió como la ley por la cual a la acción van unidos los resultados tan íntimamente que no se les puede separar.

Buddha expresó esto mismo afirmando que es tan imposible separar la acción de los resultados o reacciones como lo es separar los sonidos de un instrumento, del instrumento mismo.

Cuando golpeamos las teclas del piano se producen sonidos, del mismo que cuando realizamos un acto le precede una idea, un pensamiento, un deseo, a lo que llamamos causa o motivo, y le sigue la consecuencia, el resultado, el efecto o la reacción.

Desde un punto de vista filosófico, el motivo y la consecuencia son aspectos o partes de una misma actividad, y es por eso que los filósofos indos usan un solo término, Karma, que significa acción, expresando con esta palabra, la relación íntima entre los dos aspectos de la acción: el invisible, su causa, y el visible, su efecto. Aplicado esto al hombre, el Karma expresa que las condiciones en que se encuentra actualmente son el efecto de los actos realizados en anteriores vidas, para lo cual es necesario, además, aceptar la doctrina o Ley de Reencarnación. El Karma es pues la sombra del hombre, ocasionándole por reacción felicidad o miseria, ignorancia o sabiduría, esclavitud o libertad, según haya sembrado o cultivado estas condiciones de vida. Somos lo que somos, debido a lo que hemos hecho o dejado de hacer. El Karma no castiga ni coacciona; el Karma capacita. De modo que el futuro seremos lo que actualmente deseamos y nos esforzamos ser: demonios o dioses.

Yoga.- Esta palabra, traducida literalmente, significa Unión.  El concepto hindú de Yoga es que el hombre debe pasar por determinados estados de conciencia a fin de prepararse para la unión con Dios.

La filosofía yogui enseña que la finalidad de todo esfuerzo humano es permitir al alma llegar a la unión con el Yo Superior, la parte divina; de lo que resulta eventualmente que lo conocido como unión con Dios, es el proceso final mediante el cual el alma individual entra en contacto consciente con el centro de toda Vida.

El fin de la vida es alcanzar la felicidad real del alma, no la que se refiere a los deseos del cuerpo; y el objeto de toda nuestra lucha, dolor y esfuerzo, es, según esto, llevar el alma a reconocer su naturaleza divina.

Merced a las repetidas experiencias se adquiere un concepto inteligente, consciente, de lo que se busca, siguiendo los caminos que llevan a aquella finalidad.

Entre los métodos utilizados por los yoguis, uno de ellos consiste en emplear su vida en estudiar y meditar, apartados de toda ocupación mundana. Pero éste no es el único ni el mejor método para realizar la Yoga.

El Dr. Jinarajadasa dice que una vida activa es necesaria para muchos hombres, y que rehuir los deberes y las responsabilidades es una violación de la Gran Ley.

Puede presentarse luego una vida en que deban entrenarse preferentemente en el estudio o en la devoción para obtener conocimientos o acrecentar la fe, sin olvidar que en cada etapa o grado de desarrollo se necesita un triple educador del carácter: el conocimiento, la acción y la devoción, que deben ser llevados a la perfección máxima.

Las etapas previas a este ideal de perfección están representadas en la vida hindú por las cuatro castas: los Shudras o artesanos, que se entrenan en la obediencia y la exactitud en el trabajo; los Vaishyas o mercaderes, que desarrollan la iniciativa y el espíritu de empresa; los Kshatryas, guerreros o administradores, que se ejercitan en el sacrificio, ofrendando su propia vida, y los Brahmanes, maestros y sacerdotes, que por su amor al conocimiento y espíritu de renunciación se preparan a ser canales a cuyo través puedan fluir las grandes fuerzas espirituales. Tenemos por último a los Sannyasis o “renunciadores” que, por estar al margen de toda organización humana, buscan a Dios por sí mismos, prescindiendo de tradiciones y escrituras religiosas.

Cada uno de estos estados lleva al alma un nuevo atributo, necesario desde luego para el trabajo de Yoga, el que se efectúa por etapas, lenta y progresivamente. La naturaleza misma de la unión exige un completo proceso de construcción del carácter, con etapas y disciplinas que no se pueden eludir y que exigen una atención tal que imposibilitan al neófito de ocuparse de las cuestiones mundanas. Por eso, mientras se tienen deberes u obligaciones familiares, sólo puede realizar algunas de sus prácticas mentales o emocionales, aparte de la purificación del cuerpo físico.

Teniendo el alma por morada o vehículo un cuerpo material, el doctor Jinarajadasa afirma que es necesario mantener dicho vehículo en la más perfecta salud, de acuerdo con las leyes que respecto a la salud rigen en el mundo físico. (Aquí deseo hacer notar que estas leyes son las que sirven de fundamento al NATURISMO; de modo que la práctica de una vida naturista es un anticipo en la realización de la Yoga).

El ambiente en la India es propicio en alto grado en la realización de la Yoga descripta, que llamaremos verdadera; la organización de la familia y las características individuales de sus habitantes, en los que la idea del Deber (Dharma) está tan profundamente arraigada que bien puede asegurarse que sobre él está construida la cultura de ese pueblo. No sucede lo mismo en Occidente, donde el hombre piensa demasiado en sí, en su éxito personal; y como la finalidad de su vida es la conquista de las posesiones materiales, pretende alcanzar la Yoga no por el único camino aconsejable, el abrupto y áspero sendero que lo conduce a la liberación de las cadenas llamadas deseos, pasiones, ambición, etc., sino por la conquista de los poderes síquicos, el dominio de la voluntad ajena, el empleo de la sugestión para obtener éxito en sus empresas, prácticas éstas desde todo punto de vista repudiables.

Lo más grave es que estos ejercicios de seudo ocultismo llevan al candidato al desarrollo de poderes que exigen como condición previa una vida de pureza casi absoluta tanto en lo físico como en lo moral, y el individuo que pretende abrir las puertas de lo Invisible antes de tiempo es más que probable que vaya a dar con su cuerpo a una casa de orates.

Confiesa el Dr. Jinarajadasa que ha visto muchos ejemplares característicos de los terribles efectos ocasionados por las prácticas del falso Yoga.

Los ejercicios del ocultismo sólo pueden realizarse mediante estas dos condiciones: 1º. Una vida pura, libre de deberes y obligaciones, no por abandono sino por agotamiento natural, tal como ocurre en la India. 2º. Deben ser dirigidos y vigilados por un Maestro experimentado.

“Permitidme”, sigue diciendo el conferencista, “que os indique ciertos elementos de la civilización hindúque vosotros podríais asimilar. El más grande entre todos es Ahimsa, o sea la virtud de no hacer daño. El vivir en el mundo sin dañar a nadie, ni al hombre, ni al ave, ni a la bestia, esa es la virtud llamada Ahimsa…” …”Acaso es necesario que el hombre mate a los animales que pueblan la tierra, el aire o el agua para alimentar su cuerpo? ¡No! puesto que los granos vegetales, frutas y nueces darán a su cuerpo todas las fuerzas necesarias.

¿No es acaso el gorila el animal más parecido a nosotros físicamente? Sin embargo, es vegetariano; y dudo que haya un solo hombre carnívoro, por más fuerte y hábil pugilista que sea, capaz de vencerlo en una lucha. En la gran guerra, los soldados hindúes que son vegetarianos, tuvieron que combatir en países sumamente fríos y, sin embargo, su ardor guerrero no fue menor que el de los otros soldados que comían carne. “No es la carne lo que da coraje, sino una Gran Idea”.

Termina este extenso y enjundioso trabajo con los párrafos que copio textualmente para el solaz de los lectores de EL SENDERO.

“Creo, en fin, que vosotros podríais aprender muchas cosas del concepto hindú del Yoga. Él nos enseña que el gran Arcano de la Vida, al que algunos llaman Dios, y otros Solidaridad, Evolución o Ley Divina, está dentro de vuestros propios corazones y mentes. Todos los sufrimientos tienen su razón de ser, si es que os tomáis la molestia de encontrarla; tienen nuestras alegrías su significado, si es que tratáis de descubrirlo; pero ese significado debéis descubrirlo en vuestros corazones y cerebros.

“Contemplar la belleza de vuestras playas y parques, y comprender que una parte de su belleza está, en cierto modo, dentro de vosotros mismos… eso es Yoga.

“Mirar los rostros inocentes de los niños, y reconocer que aunque haya en vosotros un pasado pecaminoso, no hay, sin embargo, pecado en vuestro corazón… eso es Yoga.

“Mirar al pecador y sentir que no sólo es vuestro hermano, sino que es parte de vuestro mismo ser… eso es Yoga.

“¡Oíd en vuestras agonías y torturas la voz divina que os infunde fuerza! ¡Sentid esa fortaleza aun en medio de los mayores fracasos, y cuando os veáis descorazonados y a punto de naufragar en la vida!

“Todas esas maravillosas sensaciones no están reservadas solamente a los santos, sino que debe experimentarlas todo hombre o mujer que trabaja en el Mundo y colabora en el Divino Plan…”.

Tomado de: EL SENDERO. Publicación Mensual de Propaganda Naturista. Año III (2ª. Época). Ene., Feb. y Mar. 1929. Núms. 1,2 y 3. Uruguay. Pp. 12 – 15.

IMPORTANTE: Urania Scenia procura recuperar (de diversas fuentes) artículos de interés discursivo, afín a su temática y abiertos a la consideración de su audiencia; pero no se identifica necesariamente con el total de puntos de vista expresados en ellos por los autores firmantes. 

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LA PRUEBA (Por Aimee Blech)

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A la sombra del árbol sagrado reposaba el Señor Buddha… De pronto, la cierva que bajo las ropas del Bienaventurado cobijaba a su cervatillo, irguió la cabeza y husmeó el aire, sorprendida. Un rumor sordo y lejano se escuchó; después el galope de muchos jinetes a cuyo frente se mostró un joven caballero de tez de oro bruñido, con riquísimo traje bordado de piedras preciosas. El joven detuvo con ademán imperioso a su cohorte y se prosternó ante el Buddha en actitud de adoración. Una irradiación dulcísima brotó de la mirada de éste.

– ¡Oh Bhagavan! –dijo humildemente el joven príncipe–. Soy Djéta, el príncipe heredero de Kasamba. Tu fama llegó hasta mí y desde entonces no hallo punto de sosiego. Nada, ni mujeres, ni amigos, ni poder, ni tesoros, tienen ya encanto para mí. Sólo ansío una vida superior. ¡Acéptame, pues, por discípulo, oh Bendito!

El Bienaventurado prosiguió sin pronunciar palabra contemplando al príncipe.

– ¿Desdeñas responderme? –insistió éste–. Desde mi infancia he llevado una vida pura; he hecho el bien y cumplido la Ley; me he nutrido en los sagrados libros… ¿No me basta todo ello?

– ¡No! –respondió el Buddha.

– ¿Cuándo, pues, me permitirás volver a ti?

– Siete lunas después de la estación de las lluvias.

Djéta inclinó, resignado la cabeza; volvió a adorar al Santo, y luego se perdió con su escolta en las sombras de la noche.

Siete lunas más tarde, el sol de aquel día había traspuesto entre rojas nubes. La tempestad estalló; una lluvia torrencial caía de las nubes; el bosque gemía bajo el embate del viento; los pajarillos se refugiaban en el sagrado árbol que cobijaba al Bienaventurado y al que no mojaba una gota, y una joven pantera se agazapaba como un perro fiel bajo los pies del Santo. Venciendo a todos los elementos desencadenados y sin escolta alguna, llegó a prosternarse por segunda vez el joven príncipe.

-¡Oh Bhagavan! –exclamó éste suplicante–. He aquí la anhelante hora. He sufrido toda clase de pruebas crueles; he llevado pura y ascética vida y me he sumergido en las más hondas meditaciones: ¿Me aceptarás ahora por discípulo?

– ¡No! –Volvió a decir el Buddha.

– ¿Por qué así me rechazas?

– ¿Oh noble príncipe! –le dijo el Santo con voz dulcísima que hizo calmar al punto la furia de los elementos. Cuantas pruebas hasta aquí has sufrido proceden de tu karma pasado y dimanan de tu propio carácter. Vuélvete a tu palacio y conténtate con llevar en él la vida de un hombre virtuoso.

– ¿Te dignarás,al menos, decirme en qué pruebas flaqueé?

– ¿Te acuerdad –siguió el Maestro– de que en la propia corte de tu padre fuiste acusado por una falta que no habías cometido, y en vez de aceptar cual una deuda fatal semejante humillación, te defendiste?… Quien desee ser mi discípulo ha de soportar en silencio la calumnia y la injusticia y llevar con igual indiferencia la infamia que la gloria. ¿Te acuerdas también de que un advenedizo se interpuso entre ti y tu íntimo amigo Yachas con intento de arrebatarte su amistad y en vez de resignarte también, te sublevaste con los más iracundos pensamientos en lugar de amar al amigo por el amigo mismo y por el placer que con su amistad sentías? El que desee seguirme en el Sendero de la Liberación ha de renunciar a sus más caros afectos, arrancando de su corazón toda raíz de egoísmo…

-¡Oh Bhagavan!… Háblame más; sígueme cubriendo de oprobio…

– ¿Te acuerdas, en fin, de que falto de caridad, desfalleciste cuando Nanda, una de tus mujeres, cometió gravísima culpa, y tú, sin compadecerte de su juventud e ignorancia la arrojaste de palacio?… El hombre simplemente virtuoso puede defender su honor, castigar y repudiar, pero el sabio ya no juzga, sino que comprende y perdona. Su mirada está más atenta a descubrir la disculpa del error que el error mismo y hay en su corazón más piedad y ternura para sus hermanos que gotas de agua atesora el seno de los mares…

– Ya sé, ¡oh Señor! lo que de mí exiges –exclamó el príncipe arrasado en lágrimas–. Concédeme, pues, al menos, intentar de nuevo la prueba.

– Consiento –respondió el Señor brillando una estrella en su mirada que iluminó el bosque hasta sus confines.

***

Apenas estuvo de regreso Djéta en Kasamba se vio precisado por la muerte de su padre, a empuñar las riendas del gobierno y su primer cuidado fue colmar honores a Yachas y reintegrar a la princesa Nanda en su palacio. Con ello estallaron las iras y censuras contra él en todo el reino, pero Djéta permaneció impasible.

Un tal Arada, de la casta de los guerreros o kashattryas, se decidió a libertar el reino de lo que se creía locura y tiranía del joven rey, y blandiendo un cuchillo se lanzó sobre éste de improviso, dispuesto a traspasarle. Pero en el momento supremo Arada fue sorprendido y llevado a la presencia real.

Arada, con los brazos cruzados, miró al joven rey en actitud retadora. Djéta, sin parar en ello mientes, le puso tranquilamente las manos en los hombros y le miró de hito en hito “con los ojos más atentos a descubrir la disculpa del error que el error mismo”, según el Maestro le había dicho. Entonces sintió como si el corazón mismo del Bendito Bhagavan se infundiese en el suyo, y viendo en el pasado de las vidas del agresor la idea de tristes e ignorantes existencias, creía ver detrás de la humanidad entera con sus errores y sus culpas. Invadióle entonces una oleada de infinita ternura y hubiera querido estrechar en su corazón aquella alma pecadora en la suya tan pura…

-¡Hermano! –le dijo, abrazándole–. Yo te amo porque no sé otra cosa que amar. ¡Ven y comparte conmigo la gloria de mi triunfo como yo comparto contigo la pena de tu oprobio!

Cuando los guardias llegaron, vieron a Arada llorando amargamente sobre los hombros del Príncipe…

***

En la soleada plazuela del bosque sagrado seguía meditando con las piernas cruzadas el Bhagavan, a la sombra de su árbol predilecto. Había esperado toda la noche al Príncipe, porque sabía que el Príncipe cumpliría su palabra. Había llegado ya la aurora y tras ella el sol a quien las avecillas del árbol saludaban con sus trinos; la cierva cariñosa le había traído al Santo su cervatillo; los leones y los tigres llegaban a olfatearle humildes sus plantas y a lamérselas. En aquel bendito bosque el despertar de la naturaleza era siempre el despertar del amor.

El Bienaventurado abrió al fin los ojos; Djeta estaba ante él solo, sin escolta y vestido con ropas de mendicante. Después de adorar largo rato al Santo Buddha, se levantó como el que llega de larguísimo viaje, alargando hacia él sus manos en actitud de súplica.

El Maestro no le dio tiempo a más, e irradiando de todo su ser la gloria entera de que estaba lleno, le dijo, al fin, con divina dulzura:

– ¡Sí! ¡Sé bienvenido, oh Djéta, mi amado discípulo!…

Nunca como entonces fue augusta y solemne la paz que reinaba en el bosque, como si se hubiesen unido para siempre el Cielo y la Tierra…

AIMEE BLECH

Tomado de:  BRAHMA-VIDYA. Revista Teosófica, Órgano de la Logia “GNOSIS”. Año 2, Núms. 9 y 10,  Nov. – Dic. 1926. Guatemala. Pp. 67 – 69.

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LOA DEL ESTUDIO (Por Bertolt Brecht)

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¡Estudia lo elemental! Para aquellos
cuya hora ha llegado
no es nunca demasiado tarde.
¡Estudia el “abc”! No basta, pero
Estúdialo. ¡No te canses!
¡Empieza! ¡Tú tienes que saberlo todo!
Estás llamado a ser un dirigente.

¡Estudia, hombre en el asilo!
¡Estudia, hombre en la cárcel!
¡Estudia, mujer en la cocina!
¡Estudia, sexagenario!
Estás llamado a ser un dirigente.

¡Asiste a la escuela, desamparado!
¡Persigue el saber, muerto de frío!
¡Empuña el libro, hambriento! ¡Es un arma!
Estás llamado a ser un dirigente.

¡No temas preguntar, compañero!
¡No te dejes convencer!
¡Compruébalo tú mismo!
Lo que no sabes por ti,
no lo sabes.
Repasa la cuenta,
tú tienes que pagarla.
Apunta con tu dedo a cada cosa
y pregunta: “Y esto, ¿de qué?”
Estás llamado a ser un dirigente.

Bertolt Brecht (1898 – 1956)

Escrito en 1933.

Versión de Jesús López Pacheco 

Sobre la traducción del alemán por Vicente Romero

Tomado de: http://www.amediavoz.com/brecht.htm#Loa del estudio

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LA NIÑA DE LA LÁMPARA AZUL (Por José María Eguren)

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En el pasadizo nebuloso
cual mágico sueño de Estambul,
su perfil presenta destelloso
la niña de la lámpara azul.

Ágil y risueña se insinúa
y su llama seductora brilla,
tiembla en su cabello la garúa
de la playa de la maravilla.

Con voz infantil y melodiosa
en fresco aroma de abedul,
habla de una vida milagrosa
la niña de la lámpara azul.

Con cálidos ojos de dulzura
y besos de amor matutino,
me ofrece la bella criatura
un mágico y celeste camino.

De encantación en un derroche,
hiende leda, vaporoso tul;
y me guía a través de la noche
la niña de la lámpara azul.

José María Eguren (1874 – 1942)

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ESCUCHEMOS LA SABIDURÍA DE CONFUCIO (Por Max Eastman)

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Fue uno de los grandes maestros que ha tenido el mundo. Desde el pasado remoto, su palabra nos trae enseñanza para el presente.

Si le viésemos hoy en persona, su figura nos parecería un tanto cómica: nariz de anchas aletas acampanadas, ojos oblicuos, cabeza con una protuberancia en la parte superior, barba y bigotes que cuelgan de la cara como tres largos flecos, vestimenta que recuerda el quimono de los japoneses. Fue él, sin embargo, hombre de aventajada estatura, de complexión vigorosa, cazador infatigable, músico inspirado y, por sus dotes intelectuales, un genio. Aunque no se ha hecho en Occidente mayor aprecio de su grande y sutil sabiduría, ocupa puesto aparte en el mundo. Aparece en la historia como el único caso en que un hombre plasma el pensamiento y las costumbres de una nación.

Vivió Confucio en la China unos 500 años antes del nacimiento de Jesucristo. Sobresale entre los máximos maestros del arte de vivir, y fue, más que los otros, tan sólo un maestro. No pretendió ser santo ni profeta, ni poseer la clave de los secretos del universo. Aun cuando se ha dicho con frecuencia que sus enseñanzas influyeron en la religión de China, concedió escaso lugar a lo sobrenatural. Su empeño más ferviente era conseguir que el hombre obrara bien.

A él se debe un mágico precepto, una norma fundamental de conducta, una joya preciosa de nuestro propio Evangelio, pues toda su enseñanza la resumió así: “Lo que no deseamos que nos hagan, no lo hagamos a los demás”.

A veces las enseñanzas de Confucio se acercan tanto a las del Evangelio, que han dado tema para un libro que establece las analogías y los contrastes que hay entre unas y otras. Guarda, por ejemplo, semejanza con el precepto cristiano que dice “No juzguéis a los demás, si queréis no ser juzgados”, la advertencia de que, al juzgar a otros, nos sirva de medida “nuestro ser íntimo”. Pues bien pudiera ocurrir que nos hallásemos culpables del mismo pecado que vemos en el prójimo. En contraste con la enseñanza cristiana está, sin embargo, la respuesta de Confucio a quienes le pedían parecer tocante a si debíamos devolver bien por mal. “Si al mal correspondemos con el bien: ¿cuál será nuestra manera de corresponder al bien? Correspondamos al mal con la justicia, y al bien con la bondad”.

Mostró esde niño gran inclinación a toda clase de ritos y ceremonias. Aficionado a la música, aprendió a cantar y a tocar el laúd y la cítara. Era ya de edad madura cuando, deseoso de hacerse experto en todo lo relativo al ceremonial, dejó la pequeña provincia de Lu para trasladarse a la capital con el fin de estudiar a fondo “las reglas de la música y de la etiqueta”.

Su desvelo por la estética influyó en su doctrina moral. No estableció entre los modales y la moralidad distinción tan precisa como la nuestra. Y acaso estuviese en lo cierto; pues, bien mirado, tal vez haya relación entre la descortesía (tenida por manifestación de personalidad en nuestras escuelas demasiado progresistas) y lo bajo del índice de moralidad entre los adolescentes de nuestro tiempo.

Confucio se ganaba la vida como maestro. No cobraba una suma fija; a los jóvenes carentes de recursos, pero dotados de grandes disposiciones, les enseñaba gratuitamente. Lo que ha llegado a nosotros de su doctrina lo debemos a la extensa compilación hecha por sus discípulos, que comprenden máximas sueltas y trozos de las conversaciones del maestro. Desgraciadamente, no forman, como en el caso de Jesucristo, un conjunto relacionado con la historia de su vida, y esto resta interés a la lectura. Les falta, por otra parte, la elocuencia que realza los evangelios. Confucio desconfiaba de la elocuencia. “Por lo que hace al lenguaje –decía– bastará con que exprese el concepto”. Y supo confirmar la regla con los ejemplos, en prosa tan llana como las de estas sentencias: “Adondequiera vayas, ve de todo corazón”. “La mayor falta es tener faltas y no tratar de enmendarlas”. “No te creas tan grande que te parezcan los demás pequeños”.

Su mente tendía lo científico. Al insistir en la flexibilidad de criterio; en que se remplazase el  dogma por la investigación de los hechos; en que no se llegase precipitadamente a conclusiones definitivas, se adelantó en más de 2000 años a su época. Fue el primero en formular la doctrina que bien podremos considerar norma fundamental de la ciencia: “Reconocer que no sabemos lo que ignoramos, es conocimiento”. Con esto se precavía contra las tentaciones de la superstición y las de subordinar el pensamiento al deseo. Igual fin buscaba al insistir en la importancia de la sinceridad no tan sólo en el discurso, sino en el diálogo íntimo de la meditación. Para seguir lo que él llamaba “la senda de la verdad”, debemos cuidar de no engañarnos a nosotros mismos.

No era ésta demasiado recta, o estrecha, ni insuperablemente dificultosa. “El camino de la verdad –decía él– es ancho y fácil de hallar. El único inconveniente estriba en que los hombres no lo buscan”.

No ha de inferirse de esto que aconsejase la laxitud moral ni la indulgencia para con uno mismo. Era maestro tan estricto como exigente. Ante la lista de las cualidades a que sus discípulos debían aspirar, las siete virtudes cardinales parecen programa para estudiantes de bachillerato. Debían llegar a ser los discípulos de Confucio: “prontos en la apercepción, claros en el juicio, de gran vuelo mental, poseedores de conocimientos amplios que les capacitasen para ejercer autoridad, y suficientemente magnánimos para comportarse con clemencia”. Se les pedía también que demostrasen “dignidad, seriedad, firmeza de propósito, lealtad, benevolencia y reverente atención a los asuntos”.

Su doctrina deja en mí la impresión de que la idea básica es que hemos de tratar de progresar indefinidamente. Juzga Confucio que en todos nosotros alienta un impulso hacia lo alto, un deseo de superar, si no a los demás, cuando menos al ser que fuimos y al que somos.

De igual modo que lo haría Platón 200 años después, trazó los planes de una república ideal, que difiere grandemente de la reglamentada sociedad del griego. Nace la que imaginó Confucio del nostálgico anhelo de que los hombres vivan como miembros de una sola y bien avenida familia. Tal idea resultaba particularmente utópica al tratarse de China, nación en la cual había vínculos familiares más estrechos y exigentes que en ninguna otra; por lo cual pedirle a los chinos que tratasen a todos los hombres como a parientes era pretender demasiado. Aun sabiéndolo así, quiso Confucio ver al mundo encaminado hacia ese ideal. Y juzgó que la única manera de dar comienzo a ello sería confiar el desempeño de los principales empleos del Estado a hombres virtuosos y de buen consejo.

Lo mismo que Platón, aspiró ahincadamente toda su vida a que le confiasen cargos importantes en la administración pública, para lo cual acudió a los príncipes feudales. Aunque varios de sus discípulos fueron llamados a empleos de esta clase, no parece que él llegase a alcanzar categoría superior a la de un sabio maestro tenido en grande estima por los servidores del Estado.

Aunque pasó años viajando por China en unión con un reducido grupo de discípulos con la esperanza de hallar un potentado que le proporcionase ocasión de reformar a la gente, ciertas peculiaridades de su carácter eran, al parecer, contrarias a la consecución de lo que ambicionaba. Procedía con más franqueza de lo que conviene a un político. A cierto impetuoso príncipe que le pedía consejo acerca del modo de gobernar a los hombres, se limitó a decirle: “Empieza por aprender a gobernarte a ti mismo”.

Añádase a esto que no creía mucho en la aristocracia de la sangre. Afirmación suya es que “por naturaleza todos los hombres son casi iguales”. Aun cuando en esa época no se había inventado la democracia, sostuvo –acaso por vez primera en la historia– que la verdadera función del Gobierno es velar, no sólo por la prosperidad pública, sino también por la felicidad del pueblo.

Entero de ánimo pero viejo, cansado, y creyendo que su prédica había sido inútil, se restituyó Confucio al lugar de su nacimiento. Allí vivió unos pocos años dedicado a la enseñanza, y murió convencido de que era un fracasado.

Sus discípulos le lloraron como a un padre. Y puesto que en China era entonces de rigor que los hijos guardasen tres años de luto por su progenitor, emplearon tan largo tiempo en comunicarse unos a otros, para ir poniendo por escrito cuanto hubo de importante en las enseñanzas del maestro.

Estas compilaciones pasaron a ser la biblia de la nación china; más que la biblia, su tratado de urbanidad, la fuente de sus leyes, el conjunto de principios políticos por los cuales aspiraba a guiarse todo buen príncipe.

En el siglo III antes de Cristo, ciertos déspotas brutales proscribieron el confucianismo, quemaron sus textos y condenaron a muerte a sus adeptos. Pero esta persecución, antes que acabar con los seguidores de la filosofía de Confucio, multiplicó el número de ellos, tal así como el vendaval, en vez de apagarlas, aviva y propaga las llamas de un incendio. Del mismo modo creció el cristianismo bajo las persecuciones. Y también advino en China un emperador que adoptó el confucianismo y le dio la aprobación oficial.

Tantos libros se han escrito acerca de las enseñanzas de Confucio que no alcanzaría la vida de un hombre para leerlos. La sencillez, la pureza, la elevación del arte de vivir enseñado y practicado por el maestro, harán que su pensamiento resplandezca perpetuamente, pese a cuántos sean y cuánto hagan  los catequizadores comunistas empeñados en suplantar ética tan noble con la doctrina de la tiranía del Estado, con la norma de que el fin justifica los medios, por sanguinarios y perversos que éstos fueren.

TOMADO DE: Selecciones del Reader’s Digest, Volumen XLI, Nº 243, Febrero de 1961. Pp. 66 – 70.

IMPORTANTE: Urania Scenia procura recuperar (de diversas fuentes) artículos de interés discursivo, afín a su temática y abiertos a la consideración de su audiencia; pero no se identifica necesariamente con el total de información y/o puntos de vista expresados en ellos por los autores firmantes. 

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A MI HERMANO MIGUEL (Por César Vallejo)

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[In memoriam]

Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa,
donde nos haces una falta sin fondo.
Me acuerdo que jugábamos a esta hora, y que mamá
nos acariciaba: “Pero hijos…”

Ahora yo me escondo,
como antes, todas estas oraciones
vespertinas, y espero que tú no des conmigo.
Por la sala, el zaguán, los corredores.
Después, te ocultas tú, y yo no doy contigo.
Me acuerdo que nos hacíamos llorar,
hermano, en aquel juego.

Miguel, tú te escondiste
una noche de agosto, al alborear;
pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste.
Y tu gemelo corazón de esas tardes
extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y ya
cae sombra en el alma.

Oye hermano, no tardes
en salir. ¿Bueno? Puede inquietarse mamá.

César Vallejo (1892 – 1938)

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LA SERPIENTE ÍGNEA (Por Julián)

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Lejos,
Poeta,
lejos,
muy lejos,
más allá del desierto,
más allá del abismo,
más allá del océano,
más allá de ti mismo,
duerme,
enroscada,
misteriosa,
callada,
profunda,
la Voz…

milenaria
serpiente
que aguarda
tan sólo
tu gesto
de mando,
tu breve,
inaudible,
hierático,
son.

que diga:
¡Despierta!
¡Despierta serpiente!
¡Despierta,serpiente que sabes el hondo misterio
del Verbo!
¡Despierta,serpiente que sabes el hondo misterio del Verbo Final, Creador!

Detrás del desierto,
detrás del abismo,
detrás del océano,
detrás de ti mismo,
espera,
dormida,
la grave
serpiente.

Custodia
silente
del hondo
misterio:
la clave
secreta
que abre,
poeta,
la Voz.

Julián (?)

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HIMNO A LA MATERIA (Por Pierre Teilhard de Chardin)

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Bendita seas tú, áspera Materia, gleba estéril, dura roca, tú que no cedes más que a
la violencia y nos obligas a trabajar si queremos comer.
Bendita seas, peligrosa Materia, mar violenta, indomable pasión, tú que nos devoras si
no te encadenamos.
Bendita seas, poderosa Materia, Evolución irresistible, Realidad siempre naciente, tú
que haciendo estallar en cada momento nuestros encuadres nos obligas a buscar
cada vez más lejos la Verdad.
Bendita seas, universal Materia, Duración sin límites, Éter sin orillas, Triple abismo de
las estrellas, de los átomos y de las generaciones, tú que desbordando y disolviendo
nuestras estrechas medidas nos revelas las dimensiones de Dios.
Bendita seas, impenetrable Materia, tú que, tendida por todas partes entre nuestras
almas, y el Mundo de las Esencias, nos haces consumir en el deseo de atravesar el
velo inconsútil de los fenómenos.
Bendita seas, mortal Materia, tú que, disociándote un día en nosotros, nos
introducirás, por fuerza, en el corazón mismo de lo que es.
Sin ti, Materia, sin tus ataques, sin tus arranques, viviríamos inertes, estancados,
pueriles, ignorantes de nosotros mismos Y de Díos. Tú que castigas y, que curas, tú
que resistes y que cedes, tú que trastruecas y que construyes, tú que encadenas y
que liberas, Savia de nuestras almas, Mano de Dios, Carne de Cristo, Materia, yo te
bendigo.
Yo te bendigo, Materia, y te saludo, no como te describen, reducida o desfigurada, los
pontífices de la ciencia y los predicadores de la virtud, un amasijo, dicen, de fuerzas
brutales o de bajos apetitos, sino como te me apareces hoy, en tu totalidad y tu
verdad.
Te saludo, inagotable capacidad de ser y de Transformación en donde germina y
crece la Sustancia elegida.
Te saludo, potencia universal de acercamiento y ,de unión mediante la cual se
entrelaza la muchedumbre de las mónadas y en la que todas convergen en ,el camino
del Espíritu.
Te saludo, fuente armoniosa de las almas, cristal límpido de donde ha surgido la
nueva Jerusalén.
Te saludo, Medio divino, cargado de Poder Creador, Océano agitado por el Espíritu,
Arcilla amasada y animada por el Verbo encarnado.
Creyendo obedecer a tu irresistible llamada, los hombres se precipitan con frecuencia
por amor hacia ti en el abismo exterior de los goces egoístas.Les engaña un reflejo o un eco.
Lo veo ahora.
Para llegar hasta ti, Materia, es necesario que, partiendo de un contacto universal con
todo lo que se mueve aquí abajo, sintamos poco a poco cómo se desvanecen entre
nuestras manos las formas particulares, de todo lo que sostenemos,, hasta que nos
encontremos frente a la única esencia de todas las consistencias y de todas las
uniones.
Si queremos conservarte, hemos de sublimarte en el dolor después de haberte
estrechado voluptuosamente entre nuestros brazos.
Tú, Materia, reinas en las serenas alturas en las que los Santos se imaginan haberte
dejado a un lado; Carne tan transparente y tan móvil que ya no te distinguimos de un
espíritu.
¡Arrebátame, Materia, allá arriba, mediante el esfuerzo, la separación y la muerte;
arrebátame allí en donde al fin sea posible abrazar castamente al Universo!

Pierre Teilhard de Chardin (1881 – 1955)
Compuesto en 1919.
Forma parte del libro: “HIMNO AL UNIVERSO”

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EL MAESTRO CANTOR DE VIDA (Por J. Krishnamurti)

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Tendida a las orillas de plácida corriente,
Una ciudad enorme, toda plena de gente,
Pero vacía de vida,
¡Qué dolor, su existencia!

Allí, grandiosos templos con labradas imágenes,
Allí, dioses forjados por el pensar del hombre,
Altivos sacerdotes, que con voz suave entonan
Solemnes, fuertes cánticos;
Allí, graves filósofos, bajo los frescos árboles
En discusiones sabias;
Quejidos de aflicción, temor al sufrimiento,
Religión convertida en complicadas reglas
Que ninguno comprende;
Severísimas normas de moral que cada uno
Fija para los otros;
Allí, oprimido el débil para que el fuerte medre,
Y ricos y harapientos
Corriendo confundidos por la mezquina senda.
Por doquiera la lucha, por doquier la contienda:
Entre dioses y dioses, entre amores y amores, entre leyes y leyes.

Y se llamaba “el mundo”,
La triste villa inmensa.

Entre cuatro senderos, una mañana espléndida,
Clamó un hombre: “¡Oíd, oh gentes
De esta ciudad opresa!
En vosotros hay podre;
En vosotros hay guerra.
De vuestra vida el cántico
Lleno está de impureza.
El gran Cantor de Vida
A vuestras puertas llega:
Su canción armoniosa
Oíd todos, atentos”.

El jazmín perfumado, a la nocturna sombra
Desplegaba sus pétalos.

“Yo soy el gran Maestro Cantor de Vida. Mucho
He sufrido, sí; pero hace ya mucho tiempo
Que en gozo y en saber trocóse el sufrimiento.
Y mi canción es pura: conserva su pureza
En tu alma. No temas. Es sencillo el sendero.
De las complejidades de dioses y creencias,
Y de las incontables teorías religiosas,
Libra tu mente.
Con cadenas de ritos, tu vida no entorpezcas,
En ansia de consuelo.
Sé tú, para ti mismo, una lámpara. Entonces
Sobre la faz de otros ya no arrojarás sombras.
La vida, bella y pura, no dejes que se agoste
Del miedo en las prisiones.
Sé libre, y verás como, de lo hondo de tu caos,
Brota un milagro: el orden.
Ama la vida. Ámala con todo amor, y nunca
Sabrás qué es estar solo.
Mucho he sufrido; pero hace ya mucho tiempo
Que en gozo y en saber trocóse el sufrimiento.
Soy libre y feliz por siempre. Soy el Maestro cantor de Vida”,
La lluvia, dulcemente,
Volcaba su frescura sobre la tierra ardiente.

Unos pocos oyeron, con hondo regocijo;
Y dejándolo todo, su vida libertaron
De duelo y servidumbre.
“Sí”; –gritaron las gentes.
“Mas, cómo lograremos conciliar con tu cántico
Nuestros antiguos dioses?
¿Cómo conseguiremos que tus palabras se aleen,
Sin un clamor de escándalo, en los soberbios templos
Que hicieron nuestras manos?
No eres sino maestro de confusión. ¿Aléjate!
De ti nada queremos. Tu voz habla de cosas
Nunca jamás oídas. El diablo habla por ti.
¡Atrás! ¡Lejos de Aquí!”

El gran Cantor de Vida su marcha prosiguió,
Y la ciudad, en lucha y en confusión quedó.

J. Krishnamurti (1895 – 1986)

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