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EL CHICO DE MARTE (Por Angela C. Ionescu)

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 —No creí que los marcianos fueran como tú —dijo el chico terrestre—. La verdad es que ni siquiera creí que hubiera marcianos.

—¡Qué tontería! —contestó el chico de Marte—. ¿Cómo no vas a creer que hay marcianos? Siempre los ha habido.

—Yo no lo sabía.

—¡Oh! —dijo el chico marciano, haciendo una mueca— ¡Qué ignorancia!

Dio un mordisco al melón que tenía en la mano (en Marte los melones son pequeños como peras y no tienen cáscara dura) y estuvo un rato observando al chico terrestre.

—¿Cómo creías que eran los marcianos? —preguntó al fin.

—No sé, de otra manera. Creí que eran verdes.

—¿Verdes? —preguntó el marciano con los ojos brillantes—. ¿Quieres que me ponga de color verde?

El terrestre dijo que sí. Entonces el chico marciano se puso de color verde. La cara, las manos, los brazos, los pies, todo él era verde. El chico terrestre le tocó con un dedo y luego se lo miró. Pero no, su dedo no estaba verde. No era pintura.

—¿Cómo lo has hecho? —preguntó.

—Es muy fácil… ¿Quieres que me ponga de color azul?
Y antes de que el otro le contestara se puso de color azul. Y luego rojo, y luego amarillo.
El terrestre estaba encantado. Sonreía anchamente y miraba al marciano como al juguete más maravilloso que hubiera visto en toda su vida.

—¡Ahora sí que pareces un verdadero marciano! —dijo.

—¿Quieres que me ponga de más colores? —preguntó el otro chico, muy orgulloso de su poder.
—Sí.

Empezó a ponerse de montón de colores. Eran colores que no habéis visto nunca porque no existen aquí, en la Tierra. No se parecían ni al rojo, ni al verde, ni al amarillo, ni al blanco, ni al negro. Ni a ningún otro color que se os ocurra. Eran otros colores.

En ese momento se les acercó una mujer marciana, que cogió al chico marciano por una oreja y, zarandeándole, empezó a gritarle:

—¡Otra vez poniéndote de colores! ¡Te he dicho que no te pongas de colores! ¡Siempre tengo que estar detrás de ti mirando lo que haces! No te puedo dejar solo ni un momento. Verás ahora, cuando lleguemos a casa. Vas a quedarte sin postre. ¡Vamos!

El chico marciano se encogió de hombros, hizo una mueca, sacó la lengua y echó a andar detrás de la mujer.

El terrestre se metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó dos hermosas manzanas que había traído de la Tierra. Corrió detrás del marciano y se las dio:

—Para postre —dijo—. Son muy buenas. Aquí no las hay. Se llaman manzanas. Man-za-nas.

—Gracias —dijo el chico marciano—. Muchas gracias. No me gusta nada quedarme sin postre.

—Ven a buscarme esta tarde a nuestra nave espacial —dijo el chico de la Tierra—. Te enseñaré como ando con las manos, cabeza abajo.

—¿De veras? —preguntó el marciano—. ¿Con las manos? ¿Cabeza abajo? ¿De veras hacéis eso en la Tierra?

—¡Vamos! —gritó la mujer marciana—. Vamos o te quedas sin postre para una semana.

El chico de Marte se alejó saltando. El de la Tierra se quedó mirándole y le dijo moviendo pensativamente la cabeza:

—No creí que en Marte pasaran estas cosas. Todo es igual en todas partes. Le tiran a uno las orejas y le amenazan con dejarle sin postre. ¡Uf!

Angela C. Ionescu (rumana)
“Detrás de las nubes”

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