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LA ROSA DE PARACELSO (Por Jorge Luis Borges)

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De Quincey: Writings, XIII, 345

En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de las hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra. 

El maestro fue el primero que habló.

—Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente —dijo no sin cierta pompa—. No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí? 

—Mi nombre es lo de menos —replicó el otro—. Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes. Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara.

Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó. 

Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:

—Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me
ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo.

—El oro no me importa —respondió el otro—. Estas monedas no son más que una parte
de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el
camino que conduce a la Piedra.

Paracelso dijo con lentitud:

—El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas
palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.

El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:

—Pero, ¿hay una meta?

Paracelso se rió.

—Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me 

llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que
“hay” un Camino.

Hubo un silencio, y dijo el otro:

—Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame
cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros
no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.

—¿Cuándo? —dijo con inquietud Paracelso.

—Ahora mismo —dijo con brusca decisión el discípulo.

Habían empezado hablando en latín; ahora, en alemán.

El muchacho elevó en el aire la rosa.

—Es fama —dijo— que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por
obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi
vida entera.

—Eres muy crédulo —dijo el maestro—. No he menester de la credulidad; exijo la fe.

El otro insistió.

—Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la
resurrección de la rosa.
Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.

—Eres crédulo —dijo—. ¿Dices que soy capaz de destruirla?

—Nadie es incapaz de destruirla —dijo el discípulo.

—Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees
que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de
hierba?

—No estamos en el Paraíso —dijo tercamente el muchacho—; aquí, bajo la luna, todo
es mortal.
Paracelso se había puesto en pie.
—¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el
Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?
—Una rosa puede quemarse —dijo con desafío el discípulo.

—Aún queda fuego en la chimenea —dijo Paracelso—. Si arrojaras esta rosa a las
brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa
es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la
vieras de nuevo.

—¿Una palabra? —dijo con extrañeza el discípulo—. El atanor está apagado y están
llenos de polvo los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?

Paracelo le miró con tristeza.

—El atanor está apagado —repitió— y están llenos de polvo los alambiques. En este
tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.

—No me atrevo a preguntar cuáles son —dijo el otro con astucia o con humildad.

—Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en
que estamos, y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la
ciencia de la Cábala.

El discípulo dijo con frialdad:

—Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me
importa que operes con alquitaras o con el Verbo.

Paracelso reflexionó. Al cabo, dijo:

—Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus
ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas: Deja, pues, la rosa.

El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:

—Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio?
¿Qué has hecho para merecer semejante don?

El otro replicó, tembloroso:
—Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a
tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré
en el testimonio de mis ojos.

Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la
arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un
instante infinito esperó las palabras y el milagro.

Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:

—Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador.

Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.

El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un
intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes
mágicas eran vanas.

Se arrodilló, y le dijo:

—He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los
creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu
discípulo, y al cabo del Camino veré la rosa.
Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo
maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él,
Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no
había nadie?

Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo
acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido.

Ambos sabían que no volverían a verse.

Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón,
volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La
rosa resurgió.

Tomado de:
Borges, J.L.: “La Memoria de Shakespeare”. 

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LA PRUEBA (Por Aimee Blech)

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A la sombra del árbol sagrado reposaba el Señor Buddha… De pronto, la cierva que bajo las ropas del Bienaventurado cobijaba a su cervatillo, irguió la cabeza y husmeó el aire, sorprendida. Un rumor sordo y lejano se escuchó; después el galope de muchos jinetes a cuyo frente se mostró un joven caballero de tez de oro bruñido, con riquísimo traje bordado de piedras preciosas. El joven detuvo con ademán imperioso a su cohorte y se prosternó ante el Buddha en actitud de adoración. Una irradiación dulcísima brotó de la mirada de éste.

– ¡Oh Bhagavan! –dijo humildemente el joven príncipe–. Soy Djéta, el príncipe heredero de Kasamba. Tu fama llegó hasta mí y desde entonces no hallo punto de sosiego. Nada, ni mujeres, ni amigos, ni poder, ni tesoros, tienen ya encanto para mí. Sólo ansío una vida superior. ¡Acéptame, pues, por discípulo, oh Bendito!

El Bienaventurado prosiguió sin pronunciar palabra contemplando al príncipe.

– ¿Desdeñas responderme? –insistió éste–. Desde mi infancia he llevado una vida pura; he hecho el bien y cumplido la Ley; me he nutrido en los sagrados libros… ¿No me basta todo ello?

– ¡No! –respondió el Buddha.

– ¿Cuándo, pues, me permitirás volver a ti?

– Siete lunas después de la estación de las lluvias.

Djéta inclinó, resignado la cabeza; volvió a adorar al Santo, y luego se perdió con su escolta en las sombras de la noche.

Siete lunas más tarde, el sol de aquel día había traspuesto entre rojas nubes. La tempestad estalló; una lluvia torrencial caía de las nubes; el bosque gemía bajo el embate del viento; los pajarillos se refugiaban en el sagrado árbol que cobijaba al Bienaventurado y al que no mojaba una gota, y una joven pantera se agazapaba como un perro fiel bajo los pies del Santo. Venciendo a todos los elementos desencadenados y sin escolta alguna, llegó a prosternarse por segunda vez el joven príncipe.

-¡Oh Bhagavan! –exclamó éste suplicante–. He aquí la anhelante hora. He sufrido toda clase de pruebas crueles; he llevado pura y ascética vida y me he sumergido en las más hondas meditaciones: ¿Me aceptarás ahora por discípulo?

– ¡No! –Volvió a decir el Buddha.

– ¿Por qué así me rechazas?

– ¿Oh noble príncipe! –le dijo el Santo con voz dulcísima que hizo calmar al punto la furia de los elementos. Cuantas pruebas hasta aquí has sufrido proceden de tu karma pasado y dimanan de tu propio carácter. Vuélvete a tu palacio y conténtate con llevar en él la vida de un hombre virtuoso.

– ¿Te dignarás,al menos, decirme en qué pruebas flaqueé?

– ¿Te acuerdad –siguió el Maestro– de que en la propia corte de tu padre fuiste acusado por una falta que no habías cometido, y en vez de aceptar cual una deuda fatal semejante humillación, te defendiste?… Quien desee ser mi discípulo ha de soportar en silencio la calumnia y la injusticia y llevar con igual indiferencia la infamia que la gloria. ¿Te acuerdas también de que un advenedizo se interpuso entre ti y tu íntimo amigo Yachas con intento de arrebatarte su amistad y en vez de resignarte también, te sublevaste con los más iracundos pensamientos en lugar de amar al amigo por el amigo mismo y por el placer que con su amistad sentías? El que desee seguirme en el Sendero de la Liberación ha de renunciar a sus más caros afectos, arrancando de su corazón toda raíz de egoísmo…

-¡Oh Bhagavan!… Háblame más; sígueme cubriendo de oprobio…

– ¿Te acuerdas, en fin, de que falto de caridad, desfalleciste cuando Nanda, una de tus mujeres, cometió gravísima culpa, y tú, sin compadecerte de su juventud e ignorancia la arrojaste de palacio?… El hombre simplemente virtuoso puede defender su honor, castigar y repudiar, pero el sabio ya no juzga, sino que comprende y perdona. Su mirada está más atenta a descubrir la disculpa del error que el error mismo y hay en su corazón más piedad y ternura para sus hermanos que gotas de agua atesora el seno de los mares…

– Ya sé, ¡oh Señor! lo que de mí exiges –exclamó el príncipe arrasado en lágrimas–. Concédeme, pues, al menos, intentar de nuevo la prueba.

– Consiento –respondió el Señor brillando una estrella en su mirada que iluminó el bosque hasta sus confines.

***

Apenas estuvo de regreso Djéta en Kasamba se vio precisado por la muerte de su padre, a empuñar las riendas del gobierno y su primer cuidado fue colmar honores a Yachas y reintegrar a la princesa Nanda en su palacio. Con ello estallaron las iras y censuras contra él en todo el reino, pero Djéta permaneció impasible.

Un tal Arada, de la casta de los guerreros o kashattryas, se decidió a libertar el reino de lo que se creía locura y tiranía del joven rey, y blandiendo un cuchillo se lanzó sobre éste de improviso, dispuesto a traspasarle. Pero en el momento supremo Arada fue sorprendido y llevado a la presencia real.

Arada, con los brazos cruzados, miró al joven rey en actitud retadora. Djéta, sin parar en ello mientes, le puso tranquilamente las manos en los hombros y le miró de hito en hito “con los ojos más atentos a descubrir la disculpa del error que el error mismo”, según el Maestro le había dicho. Entonces sintió como si el corazón mismo del Bendito Bhagavan se infundiese en el suyo, y viendo en el pasado de las vidas del agresor la idea de tristes e ignorantes existencias, creía ver detrás de la humanidad entera con sus errores y sus culpas. Invadióle entonces una oleada de infinita ternura y hubiera querido estrechar en su corazón aquella alma pecadora en la suya tan pura…

-¡Hermano! –le dijo, abrazándole–. Yo te amo porque no sé otra cosa que amar. ¡Ven y comparte conmigo la gloria de mi triunfo como yo comparto contigo la pena de tu oprobio!

Cuando los guardias llegaron, vieron a Arada llorando amargamente sobre los hombros del Príncipe…

***

En la soleada plazuela del bosque sagrado seguía meditando con las piernas cruzadas el Bhagavan, a la sombra de su árbol predilecto. Había esperado toda la noche al Príncipe, porque sabía que el Príncipe cumpliría su palabra. Había llegado ya la aurora y tras ella el sol a quien las avecillas del árbol saludaban con sus trinos; la cierva cariñosa le había traído al Santo su cervatillo; los leones y los tigres llegaban a olfatearle humildes sus plantas y a lamérselas. En aquel bendito bosque el despertar de la naturaleza era siempre el despertar del amor.

El Bienaventurado abrió al fin los ojos; Djeta estaba ante él solo, sin escolta y vestido con ropas de mendicante. Después de adorar largo rato al Santo Buddha, se levantó como el que llega de larguísimo viaje, alargando hacia él sus manos en actitud de súplica.

El Maestro no le dio tiempo a más, e irradiando de todo su ser la gloria entera de que estaba lleno, le dijo, al fin, con divina dulzura:

– ¡Sí! ¡Sé bienvenido, oh Djéta, mi amado discípulo!…

Nunca como entonces fue augusta y solemne la paz que reinaba en el bosque, como si se hubiesen unido para siempre el Cielo y la Tierra…

AIMEE BLECH

Tomado de:  BRAHMA-VIDYA. Revista Teosófica, Órgano de la Logia “GNOSIS”. Año 2, Núms. 9 y 10,  Nov. – Dic. 1926. Guatemala. Pp. 67 – 69.

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