LA PRUEBA (Por Aimee Blech)

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A la sombra del árbol sagrado reposaba el Señor Buddha… De pronto, la cierva que bajo las ropas del Bienaventurado cobijaba a su cervatillo, irguió la cabeza y husmeó el aire, sorprendida. Un rumor sordo y lejano se escuchó; después el galope de muchos jinetes a cuyo frente se mostró un joven caballero de tez de oro bruñido, con riquísimo traje bordado de piedras preciosas. El joven detuvo con ademán imperioso a su cohorte y se prosternó ante el Buddha en actitud de adoración. Una irradiación dulcísima brotó de la mirada de éste.

– ¡Oh Bhagavan! –dijo humildemente el joven príncipe–. Soy Djéta, el príncipe heredero de Kasamba. Tu fama llegó hasta mí y desde entonces no hallo punto de sosiego. Nada, ni mujeres, ni amigos, ni poder, ni tesoros, tienen ya encanto para mí. Sólo ansío una vida superior. ¡Acéptame, pues, por discípulo, oh Bendito!

El Bienaventurado prosiguió sin pronunciar palabra contemplando al príncipe.

– ¿Desdeñas responderme? –insistió éste–. Desde mi infancia he llevado una vida pura; he hecho el bien y cumplido la Ley; me he nutrido en los sagrados libros… ¿No me basta todo ello?

– ¡No! –respondió el Buddha.

– ¿Cuándo, pues, me permitirás volver a ti?

– Siete lunas después de la estación de las lluvias.

Djéta inclinó, resignado la cabeza; volvió a adorar al Santo, y luego se perdió con su escolta en las sombras de la noche.

Siete lunas más tarde, el sol de aquel día había traspuesto entre rojas nubes. La tempestad estalló; una lluvia torrencial caía de las nubes; el bosque gemía bajo el embate del viento; los pajarillos se refugiaban en el sagrado árbol que cobijaba al Bienaventurado y al que no mojaba una gota, y una joven pantera se agazapaba como un perro fiel bajo los pies del Santo. Venciendo a todos los elementos desencadenados y sin escolta alguna, llegó a prosternarse por segunda vez el joven príncipe.

-¡Oh Bhagavan! –exclamó éste suplicante–. He aquí la anhelante hora. He sufrido toda clase de pruebas crueles; he llevado pura y ascética vida y me he sumergido en las más hondas meditaciones: ¿Me aceptarás ahora por discípulo?

– ¡No! –Volvió a decir el Buddha.

– ¿Por qué así me rechazas?

– ¿Oh noble príncipe! –le dijo el Santo con voz dulcísima que hizo calmar al punto la furia de los elementos. Cuantas pruebas hasta aquí has sufrido proceden de tu karma pasado y dimanan de tu propio carácter. Vuélvete a tu palacio y conténtate con llevar en él la vida de un hombre virtuoso.

– ¿Te dignarás,al menos, decirme en qué pruebas flaqueé?

– ¿Te acuerdad –siguió el Maestro– de que en la propia corte de tu padre fuiste acusado por una falta que no habías cometido, y en vez de aceptar cual una deuda fatal semejante humillación, te defendiste?… Quien desee ser mi discípulo ha de soportar en silencio la calumnia y la injusticia y llevar con igual indiferencia la infamia que la gloria. ¿Te acuerdas también de que un advenedizo se interpuso entre ti y tu íntimo amigo Yachas con intento de arrebatarte su amistad y en vez de resignarte también, te sublevaste con los más iracundos pensamientos en lugar de amar al amigo por el amigo mismo y por el placer que con su amistad sentías? El que desee seguirme en el Sendero de la Liberación ha de renunciar a sus más caros afectos, arrancando de su corazón toda raíz de egoísmo…

-¡Oh Bhagavan!… Háblame más; sígueme cubriendo de oprobio…

– ¿Te acuerdas, en fin, de que falto de caridad, desfalleciste cuando Nanda, una de tus mujeres, cometió gravísima culpa, y tú, sin compadecerte de su juventud e ignorancia la arrojaste de palacio?… El hombre simplemente virtuoso puede defender su honor, castigar y repudiar, pero el sabio ya no juzga, sino que comprende y perdona. Su mirada está más atenta a descubrir la disculpa del error que el error mismo y hay en su corazón más piedad y ternura para sus hermanos que gotas de agua atesora el seno de los mares…

– Ya sé, ¡oh Señor! lo que de mí exiges –exclamó el príncipe arrasado en lágrimas–. Concédeme, pues, al menos, intentar de nuevo la prueba.

– Consiento –respondió el Señor brillando una estrella en su mirada que iluminó el bosque hasta sus confines.

***

Apenas estuvo de regreso Djéta en Kasamba se vio precisado por la muerte de su padre, a empuñar las riendas del gobierno y su primer cuidado fue colmar honores a Yachas y reintegrar a la princesa Nanda en su palacio. Con ello estallaron las iras y censuras contra él en todo el reino, pero Djéta permaneció impasible.

Un tal Arada, de la casta de los guerreros o kashattryas, se decidió a libertar el reino de lo que se creía locura y tiranía del joven rey, y blandiendo un cuchillo se lanzó sobre éste de improviso, dispuesto a traspasarle. Pero en el momento supremo Arada fue sorprendido y llevado a la presencia real.

Arada, con los brazos cruzados, miró al joven rey en actitud retadora. Djéta, sin parar en ello mientes, le puso tranquilamente las manos en los hombros y le miró de hito en hito “con los ojos más atentos a descubrir la disculpa del error que el error mismo”, según el Maestro le había dicho. Entonces sintió como si el corazón mismo del Bendito Bhagavan se infundiese en el suyo, y viendo en el pasado de las vidas del agresor la idea de tristes e ignorantes existencias, creía ver detrás de la humanidad entera con sus errores y sus culpas. Invadióle entonces una oleada de infinita ternura y hubiera querido estrechar en su corazón aquella alma pecadora en la suya tan pura…

-¡Hermano! –le dijo, abrazándole–. Yo te amo porque no sé otra cosa que amar. ¡Ven y comparte conmigo la gloria de mi triunfo como yo comparto contigo la pena de tu oprobio!

Cuando los guardias llegaron, vieron a Arada llorando amargamente sobre los hombros del Príncipe…

***

En la soleada plazuela del bosque sagrado seguía meditando con las piernas cruzadas el Bhagavan, a la sombra de su árbol predilecto. Había esperado toda la noche al Príncipe, porque sabía que el Príncipe cumpliría su palabra. Había llegado ya la aurora y tras ella el sol a quien las avecillas del árbol saludaban con sus trinos; la cierva cariñosa le había traído al Santo su cervatillo; los leones y los tigres llegaban a olfatearle humildes sus plantas y a lamérselas. En aquel bendito bosque el despertar de la naturaleza era siempre el despertar del amor.

El Bienaventurado abrió al fin los ojos; Djeta estaba ante él solo, sin escolta y vestido con ropas de mendicante. Después de adorar largo rato al Santo Buddha, se levantó como el que llega de larguísimo viaje, alargando hacia él sus manos en actitud de súplica.

El Maestro no le dio tiempo a más, e irradiando de todo su ser la gloria entera de que estaba lleno, le dijo, al fin, con divina dulzura:

– ¡Sí! ¡Sé bienvenido, oh Djéta, mi amado discípulo!…

Nunca como entonces fue augusta y solemne la paz que reinaba en el bosque, como si se hubiesen unido para siempre el Cielo y la Tierra…

AIMEE BLECH

Tomado de:  BRAHMA-VIDYA. Revista Teosófica, Órgano de la Logia “GNOSIS”. Año 2, Núms. 9 y 10,  Nov. – Dic. 1926. Guatemala. Pp. 67 – 69.

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